jueves, 14 de diciembre de 2023

A tomar viento.

Permitidme dos minutos de no poner buena cara.

Me dijeron de pequeña que a mayor sacrificio más se gana, pero hoy que ya he crecido, las normas no están tan claras.

He perdido la cuenta de las veces que he hecho lo correcto, lo difícil, lo que mata de tormento, he visto a gente mirarme asustada, no entendiendo como era posible. No lo sé señora, yo tampoco sé decirle.

Y sin embargo a penas te levantas ya te tumba la siguiente. Es absurdo, os lo prometo, no sé quien es el titiritero que mueve los hilos del destino, pero lo que sí sé, es que ese hijo de puta solo premia al que está quieto. Ni activo, ni valiente, ni despierto, ni consciente. "¿Despiertas? Espera espera, que te mando otra pelea"

 Parece que a la vida solo le interese matarte. Destrozarte. Reventarte. Desmotivarte hasta que entiendas que todas esas luchas solo buscaron amputarte hasta el más mínimo atisbo de brillo que quedara sin blindarse.

No sé cuantos inviernos llevo ya ardiendo. Y me digo a mi misma que este fuego no lo apagarán dos mil ventiscas ni todos los vientos helados del norte, pero también sé que a mi misma ya nadie me miente. Ni siquiera alguien que mantenga mi expediente. Que de allí de donde salgo nadie sigue la corriente, y sin embargo todos pierden.

Ya me dirás quien aguanta este ritmo entre los dientes.

Os lo adelanto ya, os hago spoiler, el premio por levantarte es que vuelvan a tumbarte

Quizá llevo demasiado tiempo sin saber lo que se siente al estar cuerdo. Quizá hace demasiado frío ya aquí dentro. Pero estoy hasta los huevos. No me quedan ganas para sentirme apátrida de nuevo y sin embargo. Sin embargo.

Ya solo me mueve el fuego. Quiero encontrarlo. Encontrar el juguetero que se ríe de mis desvelos y tirarlo veinte minutos a mi terreno de juego. 

A ver como te sienta medio sorbo de tu jodido veneno. 

lunes, 4 de diciembre de 2023

Ojalá que seas tú.

 No sé por qué pasa ni de qué depende, pero hay noches en que sin previo aviso empiezo a imaginarte, a ti que algún día lo serás todo pero que hoy aún no eres nadie.

Y me invento tus ojos hechos de guerra y tus manos llenas de tierra dibujando un mapa ficticio en mis caderas. Fantaseo con tu olor y pienso, que quizá recuerde al de ese libro que he leído cientos de veces, ese que siempre que lo abro me devuelve al mar.

Te pienso lejano y ausente, como tratando de justificar que aún no tengas nombre. Y me pregunto si ahí donde te encuentres te ilumina esta misma luna inerte, si serás más de estrellas o de soles, si le cantas a la vida o si todavía le gruñes.

No sé quien eres y aún así te extraño, te extraño como sabiendo el valor exacto que supone tu ausencia. Como si siempre hubieras estado aquí o nunca fueras a estarlo.

Y no quisiera que te desvelaran mis pesares, pero a veces, en las noches más frías, me arropo, cierro los ojos, y tengo la sensación fugaz de saber exactamente quien quisiera que fueras. Y esa certeza me enloquece, me desarraiga de mi brújula y me reescribe los planes.

Por extraño que parezca era más fácil cuando aún podías no ser nadie, cuando todavía pensaba que ya no me cegaban las luces errantes que parecen caminar buscando un camino de vuelta al bosque.

Pero lo siguen haciendo, no hay más que verme. 

En noches como estas en las que te confundes con el crepitar de un incendio entre mis sábanas grises no me queda más que apretar los dientes, apagar las luces, amansar mi fiera, y lanzarle al viento una quimera, porque es cierto que quizás aún no sé quien eres, pero si pudiera elegir... 

Si pudiera elegir.

Ojalá que seas tú.

domingo, 27 de agosto de 2023

La noche en que llegaron las lluvias.

 A veces cuando se me estremece la vida salgo al balcón a pedirle explicaciones a la noche, y hoy el cielo estaba extraño. 

Hoy del cielo caían recuerdos, caían dudas y melancolía.

Recuerdos de días donde la vida parecía otra. Dudas sobre caminos que parecían llevar al norte y acababan como todos en la puta Roma. Melancolía porque siempre que salí a buscar a otro me acabé encontrando conmigo.

Y hoy no será diferente.

Aunque sea cierto que el ataúd ya no lo cierran los mismos clavos. Aunque en días como este en que el cielo tiene tanto que decir todo parezca un espejismo.

Hoy también me encontraré conmigo, aún saliendo sin buscar a nadie.

Creo que ahí está ese secreto del que todo el mundo habla. En que nos pasamos desapercibidos a nosotros mismos. Como la silla vacía el día de navidad, como Las lluvias de Castamere sonando tenues en una boda, como el parque en el que jugábamos cuando éramos pequeños.

Nos pasamos desapercibidos.

Buscamos desesperadamente que alguien nos mire y nos diga que somos reales, que estamos vivos.

Y nos matamos en el intento.

Y nos guardamos en un ataúd.

Y le vamos cambiando los clavos.

Sin preguntarnos si el muerto aún respira.

Nos vamos a cagar el día que se levante y nos pida explicaciones, amigos. Se nos va a caer la vida encima. Esa vida que creímos tenue nos va a borrar de un zarpazo. Directo, preciso, escorpiano.

Y nos daremos cuenta de que nunca importaron esos otros que salimos a buscar.

Solo importaba encontrarte contigo. Siempre, todas las veces, contigo. Y amarte y respetarte en la salud y en la enfermedad todos los días de tu puta vida. No digo amén porque podría salir ardiendo en el intento.

El día en que nos comprometamos con nosotros mismos os prometo que los caminos dejan de llevar a Roma.

Os lo prometo.

Por eso en días como hoy, en los que el cielo se parte, salgo sin buscar a nadie. A ver si de casualidad, esta vez no solo me encuentro.

A ver si por fin decido quedarme. Contra viento, marea y tormenta.

Conmigo.

jueves, 20 de julio de 2023

Ella que pudiendo ser veneno escogió ser la verbena

 Me escribiste una carta que me llenó de amor y no sabía como agradecértelo.

Hasta que inevitablemente me di cuenta. Obviamente debía escribirte una de vuelta :)

No sé bien por donde empezar así que ante la duda lo haré por el principio.

Cuando te conocí y me dijiste que eras una chica no lo dudé, no me creó disconformidad, no me pareció extraño. Y podríamos pensar que esto tuvo algo que ver con que soy una persona abierta de mente y que no juzga a las personas que se atreven a ser quienes son, y en parte me gusta pensar que así fue. Pero hubo algo más ahí. Algo que quizá no entendí a simple vista, pero sin duda entiendo ahora.

Encarnas totalmente a la chica que yo nunca me atreví a ser. La que cuando tenía tu edad luchaba con uñas y dientes por salir. La chica que se ríe a carcajadas y llora a lágrima viva. La que sabe exactamente como quiere vestir y le importa muy poco lo que piensen los demás.

La que evita las máscaras. 

Sé que esto puede no parecer gran cosa de buenas a primeras. Pero déjame decirte que eso es muy MUY inusual. Y yo tenía toda la genética a mi favor, tenía cierta popularidad, tenía la mano llena de cartas ganadoras, y aún así, yo no supe ser esto que tu eres hasta que mi adolescencia quedó muy lejos. 

Hasta que el miedo quedó muy lejos.

Tu muestras quien eres hoy, que todavía se te agarran los miedos a la garganta. Muestras quien eres contra viento y marea, contra insultos y malas miradas, contra todo lo que se te ponga por delante. Porque eres una maldita fuerza de la naturaleza. Eres una fuente de energía que no puede parar de crear y de crearse a si misma.

Tú cogiste tus cartas y las vendiste todas para comprarte un vestido y salir a la calle. 

Si eso no es ser una mujer fuerte y poderosa no sé que puede serlo.

Porque el mundo está lleno de mujeres que nacen con el cuerpo que tu anhelas y lo lloran y lo desprecian y menosprecian. Pero ese cuerpo tu lo estás conquistando. Lo estás abrazando. Lo estás trayendo de vuelta hasta ti. 

Así que si algún día dudas de nuevo de si mereces o no ser la mujer que eres y serás. Recuerda que has puesto en juego mucho más que la mayoría. Que has luchado por ello más que la mayoría. Que lo has tenido mucho más lejos que la mayoría y aún así has cruzado infiernos para hacerlo tuyo. Lo has luchado todo. Y un día quizá no muy lejano también lo ganarás todo. 

Porque ante todo eres eso. Una fuerza imparable.

Y me podría quedar ahí, pero no quiero.

No quiero que pienses que "solo" eres eso.

No solo eres una superviviente.

También eres una fuente inagotable de amor y compasión por el mundo que no creo que estés parándote a mirar. Al menos no lo suficiente.

Cuando me escribiste que te dabas cuenta de que no habías estado ahí para mí no pude más que sonreír.

Porque claro que has estado ahí para mí, Elena. Has estado siempre, desde el principio. Desde el primer día en que hablé contigo fuiste la bondad que yo no siempre sé ser. Me enseñaste una comprensión y una pureza que a mi me era ajena. Que no es común, Elena, no lo es para nada.

Y habrá quien diga que esa forma tan tuya de ser es demasiado débil, demasiado blandita. Yo creo que no hay nada más valiente que vivir sin la coraza puesta, sin el juicio en la boca, sin los puños cerrados.

Es imposible estar contigo y no sentir paz. Cualquiera que te vea y te conozca se sentirá en casa, se sentirá a salvo y seguro. No tengo miedo de ser yo cuando estoy contigo. Ahí está tu inmenso don. Cerca tuyo se abre un espacio invisible en el que cualquiera puede ser quien es y sentirse cobijado, comprendido, consolado, aceptado y amado. Contagias tu vulnerabilidad y amor allá donde vas. Llenas los espacios vacíos de ternura.

¿Cómo no ibas a ser una gran mujer?

Si ya has entendido más que muchas de nosotras.

Te quiero :)




martes, 18 de julio de 2023

La osadía de brillar en la tormenta.

 Suelo escribir cartas cuando sano el enfado que me produce una relación o un desastre o un duelo. 

A veces de hecho, todas son lo mismo.

Pero hoy quiero hacer algo diferente porque me ha parecido que te lo mereces, y siempre me ha nacido el rollo ese de la justicia poética. 

No soy poeta ni justiciera pero dicen que soy buena leyendo a las personas.

Y quizá sino hoy algún día en que te mires al espejo y no te veas te venga bien saber que alguien sí te ve.

Así que esta carta es un recurso. Esta carta es una voz en tu conciencia a la que siempre podrás volver.

No se moverá de aquí, ni yo tampoco :)

No eres una persona corriente. Creo que eso ya lo sabías, pero quizás no entiendas las cosas que te diferencian para bien. Creo que eres una experta en ver tus sombras y eso es algo que admiro profundamente pero a veces no se te da tan bien ver tus luces. Y para eso estoy aquí.

Hay personas que se diferencian del resto porque se salen de lo predecible. Y tienes parte de eso, pero necesito que entiendas a qué me refiero cuando digo "diferente".

Diferente en tu caso es la potencia de cien tormentas que no cesan en su envite hasta que sale el sol. Y por ello el sol se siente más cálido, más valiente, más sereno. Eres ambas fuerzas y las manejas sin a penas saberlo, sin a penas pretenderlo ni negociarlo.

La fuerza y la serenidad forman parte de ti y sabes exponerlas, compartirlas, co crearlas. No eres caos puro y ahí radica la belleza de tu esencia.

Ves tu caos porque te enseñaron a verlo, nadie señaló tu ternura ni tu compasión ni tu cariño.

Pero están ahí y laten con una intensidad que es difícil dejar de mirar.

Entiendo que te mueve la fuerza del deseo, ¿y como no iba a moverte? Siendo la poderosísima mujer que eres.

Pero no eres solamente eso. Nunca lo fuiste.

Hay un hogar en ti que ofreces al mundo. Un espacio seguro al que creo que pocos tienen acceso y que por extraño que te pueda sonar, muchos matarían por encontrar. Muchos mueren sin encontrar.

Creo que eres el sueño de muchas personas que aún ni conoces. Y creo que si no las conoces aún es porque tu has olvidado que puedes ser eso. Que ya eres eso. Que ya te pertenece.

Como sé que un día te mirarás al espejo, con un niño en brazos llena de amor y de miedo a partes iguales y entonces sabrás que de hecho sí. Siempre fuiste todo eso. Siempre podrás ser todo aquello que te propongas, e incluso te sorprenderás de acabar siendo cosas que ni sospechabas que serías.

Pero seas quien seas, nunca serás solo tu caos, ni solo el deseo ni solo aquello que otros te pidieron que fueras.

Pase lo que pase siempre habrá ahí dentro el alma de la niña radiante, llena de curiosidad y afecto que sonríe a la cara de las pesadillas y que alumbra los rincones más oscuros de este mundo.

Para mí siempre fuiste eso. No lo dudé ni un momento.

En mi móvil no estás guardada como Raquel, sino como Ra. Porque si tu no gobiernas el sol no sé quien carajo lo hace.

Así que cada vez que el brillo de alguien trate de apagar el tuyo recuerda que no naciste para ser contenida sino para ser vista, comprendida y amada.

Quien no haya entendido eso quizá debió buscarse a una del montón.

Gracias por ser mi amiga, mi confidente y mi maestra en tantos ámbitos de mi vida. Me has enseñado a ser mejor pareja, mejor profe, y no me cabe duda, algún día una mejor madre. 

Que nadie te convenza jamás de lo contrario.

Que nadie se atreva jamás a sugerirte lo contrario.

Eres un cambio en el mundo de quienes te rodean.

Y quien no tome eso tan valioso que eres... Tía, que se joda.

Te quiero :)  

domingo, 4 de junio de 2023

Un tiro al aire

 Nos hemos cruzado siete infiernos ida y vuelta y pese a todo seguía sin entenderlo.

No entendía por qué no funcionaba.

Pero hoy tras escribirte una carta mucho más sanguinaria que esta, lo he entendido.

Esta semana cada mensaje que me enviabas, cada like tuyo que recibía pese a haberte pedido espacio me convertía en una berserker. Una máquina de matar, un fuego que no apagarían nueve tormentas. Necesitaba arrancarte la piel a tiras y al mismo tiempo era consciente de que lo que más me ha dolido de toda esta historia ha sido cada una de las veces que me he pasado de agresiva  al defenderme y he terminado haciéndote daño.

Por eso me costaba poner límites, porque tengo un miedo atroz a mi capacidad para dolerle a los demás y no darles lo que quieren. En parte porque no quiero doler, y en parte porque no quería que se marcharan.

Pero hoy que la única persona que no quiero que se marche soy yo misma. Hoy solo me duele dolerte. Y por eso me cuesta defenderme cada vez que cruzas el límite que te he marcado durante toda la semana. Pero no defenderme cuando pasas ese límite es volver a dejar de quererme.

Y por eso hoy, después de mirar Instagram y volver a ver tu nombre recordándome por enésima vez que no te vas, que no te quieres ir, que no vas a aceptar un "no" he tomado una decisión.

Esto se acabó.

Y como te conozco y sé que ya estarás negando con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas y tratando de buscar con todas tus fuerzas la forma en que puedas comunicarte conmigo, voy a explicarte algo.

Llevo desde que volví a ser yo reconstruyéndome de las cenizas que quedaron de tu incendio. Y mi compromiso con esto que soy, con mi paz y mi bienestar es más grande que tu y que yo y que nosotros.

Es más grande que cualquier vínculo.

Y nada ni nadie lo puede volver a amenazar. No va a volverme a pasar. ¿Y sabes qué? Quiero lo mismo para ti. Y por eso yo me alejo y tu te acercas. Porque no queremos lo mismo. Ni para nosotros mismos, ni para el otro.

A ti te mueve el vértigo de perderme y a mi la esperanza de encontrarme.

Tampoco somos lo mismo.

Así que como canta Samuraï, creo que solo voy a lanzar un disparo, un tiro al aire.

Me enseñaste que dentro de mí había durmiendo una guerrera desde hacía mucho tiempo. Me pusiste contra las cuerdas tantas veces que al final no le quedó otra que salir a pegar puñetazos.

La resucitaste.

Y al principio iba perdida y estaba desarmada y desubicada, pero con el tiempo empezó a ganar terreno hasta que al final te ganó la partida.

Esa guerrera que me recordaste que era vive en la cresta de la gran muralla que me separa de ti. Y cada vez que apareces con un nuevo caballo de Troya ella se levanta y carga el arco con una sola bandera que dice "No volverás a pasar".

Fuiste tú quien me enseñó a defenderme de ti. Conozco todas tus caras, todas tus promesas, todos tus gestos, todos tus tientos y conozco al mártir que vive tras ellos.

Y estoy cansada de dejar de cuidar de mí para poder cuidar de ti. Pero sobre todo. Sobre todo, estoy cansada de que me lo pidas.

Estoy cansada de que en tu barra de medir nunca haya un tope para el dolor que eres capaz de provocarme. Para la sepultura a la que eres capaz de arrojarme, sin miramientos todas y cada una de las veces que la vida te duele.

Estoy cansada de tener que hacerme cargo de los dos porque tu no puedas hacerte cargo de ti.

Así que cada vez que te nazcan unas incontrolables ganas de buscarme pregúntate "¿No nos hemos hecho ya bastante daño?" "¿No he demandado ya suficiente?"

Si la respuesta es "No" no mereces buscarme y si es "Sí" entenderás que no debes hacerlo.

Espero que un día nuestro bienestar y el tuyo te pese más que tu capricho.

Espero que un día te mires y veas que puedes ser más que los ojos derrotados con los que ves el mundo.

Espero que un día eches la vista atrás y nos veas como algo de lo que aprendiste y entiendas que no fui yo quien te enseñó que en la vida hay magia, sino que fuiste tú levantándote de una guerra que derrumbó tus cimientos hasta que tuviste que construir unos nuevos.

Y espero que algún día esos nuevos cimientos te lleven lejos. Tan lejos que ya no quieras escuchar mis pasos al lado de los tuyos. Tan lejos que tus días ya no te recuerden a los nuestros.

Y ojalá algún día, cuando esta historia sea recuerdo y nuestras vidas ya no pesen en los hombros del otro seamos capaces de coincidir sin necesidad de herirnos.

Hasta entonces.

Que los días sean cortos y que el tiempo te sorprenda con nuevas guerras y victorias.

Que encuentres el camino entre la espesura y que al final haya el amor que tanto persigues.

Que lamas tus heridas y renazcas tan fuerte que acabes perdonando lo que fuiste.

Y que volvamos a vernos cuando ya no seamos los mismos.



Las aguas de Marte

 Esta carta ha sido reprimida durante mucho tiempo.

Por una especie de rechazo a ser la persona que la escribe. Pero con el tiempo he comprendido que me la merezco y tú también te la mereces.

Así que allá va. Sin reparo ni vaselina.

No sé si tienes la más remota idea de la persona que soy. Pero sinceramente, te veo como un niño que utiliza un lápiz para hacer agujeros en su plastilina, sin ser capaz siquiera de ver que tiene algo con lo que dibujar.

Cuando nos conocimos pensé que eras algo que nunca has sido. Pensé que eras alguien profundamente alegre que miraba la vida como un reto y estaba deseoso de lanzarse al ruedo contra viento y marea.

Todo parecido con la realidad no es más que una sarcástica coincidencia.

Me he enfadado muchas veces contigo, algunas más que otras, pero más que nada, siempre que me has dolido me he enfadado profundamente conmigo. Y esta carta es para contarte los motivos.

Me enfadé conmigo cuando entendí que compartir videojuegos contigo era resignarme a la pelea constante. Era estar permanentemente alerta para que no estallaras y para hincharte el ego siempre que fuera posible. Yo contigo no jugaba a nada, solo te ayudaba a jugar a ti. Me enfadé porque me pareció un precio razonable por estar contigo.

Me enfadé conmigo cuando en medio de un polvo me dijiste que tenía que bajar de peso. Me enfadé porque a pesar de que era alguien como tu quien me lo decía me quería tan poco que me lo creí. Y tuvo consecuencias y empecé a comer menos de lo que quería comer y a mirar cuanto engordaba esto o lo otro. Me llamaste gorda y te di la razón y me enfadé de nuevo conmigo.

Me enfadé conmigo cuando salíamos de fiesta y me esquivabas. Cada vez que fingías que no me conocías o que no éramos nada. Todas las veces que me trataste como el polvo de entre semanas. Todas las veces que me dijiste que estaba loca por pensar que no te importaba. Todas esas veces creí que estaba loca, y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando te permití okupar mi casa. Cuando empezaron a surgir conflictos en mi hogar, cuando no dabas un puto palo al agua y yo te tenía que hacer de madre. De madre de un niñato que ni siquiera es capaz de fregar el plato en el que ha comido. No te eché ni te levanté la voz, ni te puse límites, y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando te desvivías por cualquier mujer excepto por mí. Cuando me pediste que abriéramos la relación y quedó claro que estabas dispuesto a conquistar y a ganarte el cariño de otras, aunque te importara tres huevos el mío. Me enfadé conmigo por querer estar con alguien que me valoraba menos que a un polvo de una noche.

Me enfadé conmigo cuando empezaste a costarme dinero. Mucho dinero. Y dejé que me lo costaras, y durante año y medio no me importó mi futuro ni mi estabilidad. Solo me importó tu presente. Y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando empezaste a costarme cordura. Cuando estar contigo era sinónimo de ansiedad. Ansiedad que ni entendías, ni te interesaba, ni respetabas, ni te importaba más que pegar cuatro gritos en el lol. Absolutamente cualquier cosa te importaba más que mi ansiedad, y pese a todo en vez de alejarme de ese monstruo lo sentí herido y me quedé con él. Y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando me di cuenta de que no me deseabas. Jamás había sentido eso. Jamás había estado con un hombre que no quisiera acostarse conmigo o darme placer. Y en vez de entender que estabas tan ciego que ni siquiera podías ver a la mujer que tenías delante lo que hice fue decirme a mi misma que yo no era alguien deseable. Y por eso me enfadé conmigo.

Básicamente y para que el asunto quede claro, me enfadé contigo por ser un crío mimado y resentido, por ser irresponsable, agresivo, inconsecuente, vago, inestable, inconstante, de mente pequeña y cerrada, ególatra e intolerante.

Pero sobretodo me enfadé conmigo por quedarme con eso. Por querer bajo cualquier circunstancia quedarme con eso. Porque ¿quién coño sería yo si quisiera quedarme con eso? ¿Quién coño era yo cuando quería quedarme con eso? Nadie. Nadie grande al menos. Nadie merecedor de nada más que lo que tenía.

Y ser eso. Ser nadie a tu lado durante tanto tiempo me hizo mirarme con ojos de mártir y de derrota. Me hizo sentir que no había nada que yo pudiera lograr. Porque ¿Qué voy a lograr si ni siquiera consigo que alguien así me vea? 

Hoy entiendo que esa no era la reflexión correcta.

No eras tú quien me mantenía presa. Presa me hice yo. Yo me conté la historia de que merecía eso. De que me merecía a alguien como tú. Y eso me convirtió en nadie. Porque nadie que merezca a alguien como tú será nunca nada grande. Jamás.

Y hoy que ya soy alguien me sigue mortificando tu dolor. Me sigue naciendo cuidarte y sostenerte en tu insolencia. A veces aún pienso si no habrá algo ahí adentro que no acabe por hacerte brillar.

Pero al fin la perspectiva, el tedio, y esta piedra con la que ya he tropezado doscientas veces me traen algo de claridad en esta larga historia de sombras.

No es mi responsabilidad que tú brilles. No soy joyera, no es mi trabajo coger una roca y transformarla en diamante. Yo no he venido a este mundo a hacerte brillar a ti ni a dejar que tu me consumas.

He venido a encontrarme personas como tú y a brillar de todos modos. A dejaros atrás. A aprender que ahí nunca será. Ahí donde duele y te sientes pequeña nunca será.

Y cuando entendí eso me empecé a preguntar "Si quitas la química ¿Qué motivos te quedan para querer estar a su lado?"

Y me di cuenta de que quizá ya no hay ninguno.



domingo, 7 de mayo de 2023

El camino de regreso

 Esto va a ser complicado.

Hace mucho tiempo que tengo algo pendiente que decirte y no sabía bien por donde abordarlo, pero estos días leyéndoos al papa y a ti he conseguido concretarlo, así que allá va.

No sabía como lo hiciste. No tenía ni idea. No sabía como sobreviviste a la muerte del papa. 

La gente dice que tendemos a idealizar a nuestros muertos, y puede que tengan razón en muchos casos. Pero lo que tu y yo tuvimos con él fue increíble. Fue más que eso, fue inusual e irremplazable.

Y lo perdimos. Las dos lo perdimos.

Yo perdí algo que había dado por sentado durante once años de mi vida, pero para ti fueron muchos más. Era mi padre pero para ti era mucho más.

Y yo era una niña y me pude permitir huir de ello. Me pude permitir que mi vida me importara un bledo. Pero tu no. Tu cargaste con tu dolor, con el mío y con el de toda la familia. Cargaste con tus responsabilidades, con tu trabajo, con tu casa, te sacaste el carnet de coche (Por si algún día me pasaba algo para poder llevarme al hospital, te oí decirlo, lo recuerdo), me llevaste de viaje, cuidaste de tu madre y de la de tu difunto marido, cuidaste de todos y cada uno de nosotros. Nos sostuviste a todos.

No sabía como lo hiciste.

Y el otro día, leyendo una carta que me escribiste hace una vida entera lo entendí.

No luchaste por ti, sino por mí.

Cada paso de ese camino eterno que recorriste, cada vez que querías darte por vencida y dejarlo todo e irte con él te quedaste por mí. Para no dejarme sola

Toda mi vida me has dicho "Cuando seas madre lo entenderás" y yo no lo entendía, yo me frustraba porque yo quería seguir tirando mi vida a la basura, porque desde que él murió a mi no me importaba nada.

Nada de nada. 

Yo me rendí mucho más rápido que tu, me ha llevado muchos años entender lo que me pasó. Muchos años, en los que tu no has flaqueado ni una sola vez en el amor que has sentido siempre por mí.

No me diste nunca por perdida, incluso cuando viste que yo sí me daba por perdida. Sostuviste tu vida y la mía por las dos.

Quiero que sepas que eso no lo aprenderé por ser madre. Lo aprenderé porque HE TENIDO una gran madre. Que me ha enseñado cosas que no habría sabido aprender sola.

Así que esta carta es para darte las gracias.

Gracias por haber escogido al mejor hombre del mundo para ser mi padre. Gracias por cuidar de él y de vuestra relación cada día, desde el primero hasta el último. Gracias porque entre los dos me enseñasteis que el amor es posible, en un mundo en el que a veces parece que cada vez lo hay menos.

Gracias por tirar de mí aunque sintieras que eso te convertía en la mala, aunque supieras que eso me alejaba de ti. Gracias por escoger mi bienestar en vez del tuyo. Gracias por la firmeza frente a mi rebeldía. Gracias por intentar todo lo que supiste. Gracias por coger el manojo de enfado que era yo y tratar de mantenerlo en el camino.

Gracias por escucharme, por darme todas las oportunidades del mundo, por entender lo que me duele y seguir cambiando y seguir creciendo conmigo cada vez que aparezco con una nueva locura.

Gracias por cuidar de mis dos abuelas. Gracias por enseñarme que no se abandona jamás a la familia.

Gracias por todas las noches que resististe cuando solo querías dejarlo todo atrás.

Gracias por apoyarme en cada decisión, por mala que pudiera parecerte. Gracias por dejarme ser quien quiero ser e impulsarme en el camino que elijo recorrer.

Gracias por enseñarme a ser mejor hija cada día y ojalá algún día una buena madre.

Ojalá algún día estar a la altura de todo lo que me has enseñado. Dicen que los hijos siempre son mejores padres que sus padres, pero me has dejado el listón muy alto.

Espero ser capaz de ello algún día.

Después de todo criaste a una guerrera.

Soy una guerrera porque una gran guerrera me crio. 

Y por eso te estaré eternamente agradecida.

Te quiero.

martes, 21 de febrero de 2023

¿Cómo lo vas a saber si nunca te lo he contado?

 ¿Cómo ibas saberlo?

Si no hay un manual 

¿Cómo ibas a saberlo si nunca te lo supe decir?

Desde pequeñita yo aprendí que la familia es lo primero. Crecí en una familia numerosa, con cumpleaños llenos de gente, y Navidades convulsas en las que parecía que nadie se caía nunca, en las que nadie fallaba nunca. Crecí sabiendo que la familia era infalible.

Cuando era niña vi que mis amigos tenían padres que no igualaban a los míos. Vi núcleos familiares que se caían a trozos, niños que no tenían regalos el día de reyes, padres alcohólicos, divorciados o con costumbres poco recomendables cuando hay un crío en casa. 

Pero mi familia era diferente. A mí me tocó la buena.

Yo tenía viajes a la nieve, barbacoas en el bosque, vacaciones en Menorca. Y unos padres que se querían y me querían más y mejor de lo que yo he visto jamás quererse a nadie.

Desde pequeñita aprendí que el amor existe. Que puede ser exactamente como te lo cuentan en las pelis. Que existe esa infancia feliz que parece que nadie ha tenido. Que a pesar de los pesares la familia te sostiene siempre.

Y como aprendí todas esas cosas el día en que esa imagen se rompió no lo supe procesar.

Sé que tú tampoco supiste, como también sé que cuando uno procesa un duelo a veces no ve las cosas que se rompen a su alrededor. Y por eso, hoy te las vengo a contar.

El día en que mi padre murió yo lo sabía. Lo sabía aunque nadie me lo dijo. Lo supe la noche antes. Le pedí que me montara el escritorio y me dijo "Mañana lo hacemos" y me fui a dormir pensando "No. No lo haremos".

Esa mañana en que la casa estaba llena de familiares pero no estaban mis padres fue el principio de algo que me iba a poner contra las cuerdas durante años. Fue el día en que mi familia se rompió.

Yo no sabía lo que me pasaba, no me sentía triste, me sentía vacía, la gente me pedía que llorara y yo no sabía hacerlo.

No sabía.

E igual que no sabía llorar, no sabía hacer tantas otras cosas.

Quizá tu no lo sepas. Pero el colegio fue siempre un infierno. Siempre es una palabra muy fuerte. Pero a partir de segundo de primaria, como tarde, fue un infierno.

Nunca tuve muchos amigos. De hecho solo tenía una, y cuando estábamos en clase esa una cambiaba de bando. No la puedo juzgar, era una cuestión de supervivencia. O estás con los que pisan o eres el pisado, y a mi en el cole me pisaron desde muy pequeña.

Para mi ir a clase era un trámite que debía soportar para que mi familia estuviera bien.

Y cuando mi familia dejó de estar bien y yo dejé de estar bien ese trámite se volvió insoportable.

Cuando mi padre murió mi madre murió con él. Y empecé a darme cuenta de que esa madre cargaba con todo. Con todo. Teníamos dos abuelas en casa que necesitaban cuidado y nosotras éramos dos personas que necesitaban cuidado. Y por extraño que parezca nadie puede con todo.

Mis abuelas estaban enfermas, no podías enfadarte con ellas, mi padre había muerto, no podías enfadarte con él, pero conmigo sí podías.

Y quizá tu no lo recuerdes. Quizá tu no recuerdes la época en la que tuve que aprender a descongelar la comida y a cocinarla porque tu estabas por ahí conociendo a gente, mientras estaba pendiente de mis dos abuelas, mientras mi familia entera me bombardeaba con "Necesitas algo? Ya sé que tu madre está su bola", mientras generaba migrañas crónicas, el bullying era incesante y gestionaba unos abusos que en esa época ni siquiera reconocía.

Quizá tu no te acuerdes de esa época. Quizá porque la vivimos de forma diferente.

Pero en esa época en la que yo no daba para más, porque estaba sosteniendo todo eso con 13 o 14 o 15 años, en esa época tu derramabas toda tu frustración en mí, porque no podías hacerlo con nadie más.

Y cuando eso empezó a pasar, yo me desconecté de mi familia y me desconecté de ti.

Porque no podía más.

La realidad es que no iba a clase porque no podía. No estudiaba porque no podía. Mi cabeza estaba saturada las 24 horas del día con "¿Qué puedo hacer para que todo vuelva a estar bien?" Hasta que ese pensamiento fue suplantado por otro "¿Qué puedo hacer para que algo vaya bien?" 

Y me di cuenta bien rápido.

Para que algo fuera bien algo debía cambiar. 

Y dejé de hacer lo que se esperaba de mí, y empecé a faltar a clase, y conocí a gente por mi cuenta, y aún así no me bebí una cerveza hasta los 19 años ni me fumé un cigarro hasta los 21. No es que me convirtiera en una veleta, como he visto convertirse a CIENTOS de personas en situaciones similares, no es que de repente me pasara el día fumando crack. No fue eso.

Sencillamente busqué el aire que no tenía en ninguna parte. 

Porque mi cole era un infierno, y mi casa no era ya mucho mejor.

Y cargué con todas las represalias del mundo. Y aprendí, porque me lo enseñaste, que si no hago las cosas como tu las quieres tú sufres. Aprendí que es mi responsabilidad que tu estés bien. Aprendí que la que te tiene que cuidar soy yo. La que se tiene que ceñir a tus expectativas soy yo. Y sobre todo. Sobre todo. Aprendí que habrías preferido una hija que sacara dieces aunque luego fuera incapaz de pensar por si misma y se pasara el fin de semana borracha, como TODAS Y CADA UNA de las personas que sacaban dieces en mi instituto. Antes que tener una hija libre, fuerte y capaz pero que suspendiera.

Y quizá no entiendas la magnitud de esa herida. Quizá la sensación de "Quiero lo mejor para ella" es tan masiva que opaca todo lo demás. Pero esa herida está. Y duele como diez infiernos. 

Y con ese dolor, me fui a Madrid.

Y Madrid me sacudió y me dolió. Me dolió más de lo que nunca te conté ni te contaré. Pero también me hizo libre y fuerte y me enseñó a encarar el dolor, porque no se puede hacer otra cosa que no sea encararlo.

Es verdad que me descolgué. Y que mi vida se convirtió en un festival de adicciones y relaciones tóxicas. Todo eso es verdad. Pero también es verdad que la mayoría de mi generación cayó antes que yo, y muchos de ellos no llegaron ni la mitad de lejos. No vivieron ni la mitad de cosas de las que yo viví en dos años.

Quizá por eso la mayoría no estuvieron nunca ni la mitad de rotos de lo que yo lo estuve. Ni serán nunca tan plenos como yo lo seré algún día.

El error fue siempre el mismo. Buscar el modo de volver a tener lo que tuve. 

Tardé mucho tiempo en entender que todos dinamitamos los puentes por los que pasamos, porque si tenemos que volver volveremos por otro lado.

Tardé muchísimo en dejar de vivir a golpe de melancolía.

Hasta que un día y casi sin pensarlo le dije a mi psicóloga "Es que mi madre nunca ha estado orgullosa de mí".

Y me vine abajo con una fuerza que no me esperaba, pero por primera vez entendí el problema.

Entendí que necesitaba tu reconocimiento de vuelta. Entendí que me estaba matando vivir bajo la premisa de que solo me querrías si yo era quien tu querías que fuera.

Me estaba haciendo polvo darme cuenta de que quizá nunca sería quien tu querías que fuera.

Y que no ser quien tu querías que fuera era válido. Lo sería siempre.

Heredé mucho de ti. Un día me di cuenta de que hacíamos lo mismo. Mis parejas solo eran válidas si cumplían con mis expectativas. Mis amistades solo eran válidas si encajaban en lo que yo esperaba de ellos. Y si eso no pasaba les cargaba la responsabilidad de mi malestar.

Le decía a Salva "Es que tienes que parar de matarte, porque matándote me estás matando por el camino".

Que frase más injusta. Como si su vida fuera mía. Cómo si la vida de cada uno no fuera ÚNICA Y EXCLUSIVAMENTE de cada uno.

Como si mi sufrimiento fuera culpa de las decisiones de los demás. 

Como si mi sufrimiento no fuera única y exclusivamente responsabilidad mía.

Mi psicóloga intentó explicarme que yo no soy ni debo ser nunca esclava de las expectativas de nadie, mucho menos de las de mi madre. Porque ningún padre es dueño de su hijo, mucho menos cuando ya es adulto. Y ningún padre le debería exigir a su hijo que tome un camino que no quiere tomar.

Ese fue el aprendizaje más difícil. Porque yo le decía "Es que fui una hija muy difícil" y como si nada ella me contestaba "Ana, pero es que eras una niña. Y no era tu responsabilidad hacerte cargo de ti misma, como no lo es la de ningún niño."

Y no había manera de entender eso. No había manera de salir de la rueda de "Nunca seré suficiente".

Hasta que todo se acumuló tanto y tan mal que acabé reventando. Me he pasado un verano entero siendo cenizas de lo que fui. Nunca había estado tan al borde de perder la cabeza. Nunca.

Y ahí no quedó otra opción. "O aflojo o estallo" 

Y en ese silencio que me permití. En esos meses que pasé sola en casa teniendo miedo de todo. Entendí que en resumen era todo más sencillo de lo que parecía. 

Solo quiero estar bien. 

Estar bien tiene varios requisitos. Trabajar en algo que me ayude a crecer y de lo que me enorgullezca, tener un círculo social que me respalde y con el que sentirme libre y nutrida y al que nutrir, llegar a fin de mes y que mi madre esté bien.

Eso es todo.

Ese es todo el misterio.

Para ti que el trabajo te llene no es tan importante, pero considero que es más fácil decirlo cuando te has dedicado a tu creatividad casi toda la vida que cuando te la has pasado trabajando de camarero siendo explotado, maltratado y pateado todos los días. Es difícil apreciar los contrastes cuando tu trabajo no te ha hecho sentir lamentable todos y cada uno de los días.

Y sobre todo, es difícil entender la perspectiva de saber que hagas lo que hagas vivirás peor que tus padres. Porque es la época que me ha tocado vivir, y es lo que hay, así está el mundo. Es difícil entender que si voy a vivir peor que tú al menos quiero vivir siendo quien quiero ser.

Siempre me ha costado contarte estas cosas porque por encima de todo, entendí que hiciste todo cuanto supiste. Como hoy haces todo cuanto sabes. Y siempre has hecho y harás todo bajo el hecho irrefutable de que me quieres con todas tus fuerzas. Como yo te quiero con todas las mías.

Y todo lo que hiciste y haces es suficiente. Y es válido. Y respetable. Y es más de lo que muchos hacen. Y no has parado de hacer más y más cada día.

Pero creo que podemos ser más que esto.

Quiero poderte contar lo que me pasa y como me siento sin miedo a recibir represalias por tu parte. Y quiero que tu también puedas contármelo sin el miedo de que yo mañana no tenga algo que comer.

Quiero que podamos apoyarnos y querernos sin expectativas ni miedos. Como estoy segura que el papa quiere que nos queramos.

Y entiendo que pese a que no era mi responsabilidad hacerme cargo de mi misma cuando era niña sí lo es ahora que soy adulta. Y que ya no es tu responsabilidad ni tu trabajo cuidar de mi. Y es hipócrita pedirte que me dejes ser quien soy cuando ser quien soy me hace pedirte dinero.

Sé que es hipócrita e injusto y por eso te doy mi palabra de que estoy haciendo y haré todo lo posible por salir de esta espiral de inconformismo y dependencia. Porque las mismas ganas de que nos podamos querer mejor las tengo también de poder por fin no depender de nadie.

Te prometo que las tengo. Te lo juro.

Te aseguro que hay días en los que no me mueve más fuerza que esa.

Solo te pido que entiendas que como tu, estoy agotada. Y me ha pasado la vida por encima como un camión de mercancías, y necesito estar bien antes de volver a tirarme al ruedo. Porque no sé si puedo ya encajar más golpes sin recuperarme antes.

Necesito la tranquilidad de que mi dolor es válido, y de que mi respiro es respetado y comprendido.

Y que si aún no puedo es porque estoy trabajando para poder mañana. Para tener más herramientas, más fuerzas y más conocimientos mañana.

Porque quizá aún no puedo, pero ya estoy llegando. Ya casi puedo tocarlo.

Ten paciencia, ya no falta nada.

Puedo llegar sola, pero por dios que me encantaría llegar contigo.

Te quiero muchísimo.

 


 


jueves, 16 de febrero de 2023

El último dolor que él me causa, y los últimos versos que yo le escribo.

 Esto que estoy a punto de hacer, lleva siendo pospuesto mucho tiempo.

No he tenido la fuerza, ni las ganas, ni el coraje de hacerlo antes.

Pero hoy me siento valiente. Así que allá va.

Salva. Mi niño perdido, mi sol, mi condena. El gran titán de mi vida.

Hoy he venido a despedirme. Y no te haces una idea de cuanto me ha costado poder hacerlo.

El día que te conocí mi vida se desbarató. Para bien y para mal. 

Me enseñaste tantas cosas, me abriste tantas puertas. Eras tan grande que nunca fui capaz de sostenerte.

Quererte me hizo polvo. Me convertí en el perro cabizbajo que no sabe que lo han abandonado, ese del que habla Tejerina.

Cuando te conocí abracé el camino del guerrero por primera vez en mi vida. Abracé el proceso eterno de la lucha para lograr mi objetivo, y ese objetivo, durante mucho, mucho tiempo, fue el de estar a tu lado.

Lo sé, era un objetivo mediocre, pero es que yo era un poco mediocre cuando te conocí, Salva. Era joven, estaba triste, quería que alguien me salvara y yo no estaba lista para ser valiente por mi misma. Pero si lo estaba para ser valiente por ti.

Y lo fui, Salva. Lo fui y me caí muchas veces, y me hice mucho daño. Más del que pensé jamás que podría soportar.

Y en ese camino me perdí. Me perdí buscándote, pero sobretodo, me perdí buscando aquello que alguna vez sentí contigo. Buscando aquella casa que contigo construí. La del tragaluz, la piscina y el biombo.

La casa que nos vivió.

Dios mío, no sabes cuanto la echo de menos, Salva. No sabes cuanto nos echo de menos.

Pensé que siempre serías tú. Siempre, hasta el final. 

Me costó mucho tiempo darme cuenta de que aquella persona a la que conocí y de la que me enamoré como si me fuera la vida en ello ya no era la misma que tenía delante. Fue muy tedioso, muy frustrante, muy doloroso.

Fuiste mi primera gran guerra.

Y perderte fue el segundo gran duelo de mi vida.

Y no hablo de perderte como pareja. Hablo de perderte como expectativa, como referente, como orgullo, como camino compartido, como amigo. Como mi persona favorita en el mundo entero.

Perderte me dejó vacía. Pero perderte me permitió llenarme de mí.

Y no sabes como te agradezco el inmenso crecimiento que nació de quien fuiste y de tu pérdida.

Gracias a haberte conocido y a haberte perdido tengo el inmenso privilegio de ser quien soy.

Porque quien soy no lo sería contigo, ni siquiera si tu fueras aún quien fuiste. Ni aunque siguieras siendo ese titán, ni aunque siguiera saltándome el corazón del pecho cuando entras por la puerta, ni aunque yo hubiera conseguido ese maldito Leviatán con el que abordarte del que habla Gata Catana.

Aún con todo eso, yo no sería yo.

Me gusta pensar que en otro lugar, en otra vida, en otra Madrid, tu y yo lo logramos. Y vivimos aún en Lavapies, bajamos a las Fatis dos de cada tres tardes, nos leemos libros en voz alta en el Retiro, bebemos cerveza escuchando el Pinkpop de Passenger y supimos encontrar la paz en el desorden del otro.

Pero en esta vida no. 

En esta no.

Joder, pero cuanto lo quise. 

Cuántísimo lo quise.

Cuantísimo te quise.

Pero en esta vida no.

Te seguiré viendo siempre en la puerta del Reyla. Te escucharé en cada maldita canción de White Buffalo, y de Volbeat, y de Passenger y por dios, cada maldita vez que suene Semilla en la Tierra. 

Quizá por eso dejé de beber cerveza, para dejar de verte en todas las Xibecas.

Pero aunque te siga viendo y escuchando, y aunque te eche de menos y tu ausencia se sienta como un bloque gigante de alquitrán en el estómago, me seguiré escogiendo a mí.

Todas las veces.

Todas y cada una de las veces que me duelas, me escogeré a mí.

Y de esa decisión nace esta despedida.

Este último dolor que tú me causas, y estos últimos versos que yo te escribo.

No esperaba tantas referencias a la poesía, pero bueno, después de todo siempre fuiste un poco eso ¿no?

A pesar de todo, fuiste un gran maestro y muchas veces un gran amigo.

Que tengas buen Camino, Salva, Nir, Mirlo, Chalva.

Y que el brillo de tus hojas nunca se apague.

Adiós.