No sé por qué pasa ni de qué depende, pero hay noches en que sin previo aviso empiezo a imaginarte, a ti que algún día lo serás todo pero que hoy aún no eres nadie.
Y me invento tus ojos hechos de guerra y tus manos llenas de tierra dibujando un mapa ficticio en mis caderas. Fantaseo con tu olor y pienso, que quizá recuerde al de ese libro que he leído cientos de veces, ese que siempre que lo abro me devuelve al mar.
Te pienso lejano y ausente, como tratando de justificar que aún no tengas nombre. Y me pregunto si ahí donde te encuentres te ilumina esta misma luna inerte, si serás más de estrellas o de soles, si le cantas a la vida o si todavía le gruñes.
No sé quien eres y aún así te extraño, te extraño como sabiendo el valor exacto que supone tu ausencia. Como si siempre hubieras estado aquí o nunca fueras a estarlo.
Y no quisiera que te desvelaran mis pesares, pero a veces, en las noches más frías, me arropo, cierro los ojos, y tengo la sensación fugaz de saber exactamente quien quisiera que fueras. Y esa certeza me enloquece, me desarraiga de mi brújula y me reescribe los planes.
Por extraño que parezca era más fácil cuando aún podías no ser nadie, cuando todavía pensaba que ya no me cegaban las luces errantes que parecen caminar buscando un camino de vuelta al bosque.
Pero lo siguen haciendo, no hay más que verme.
En noches como estas en las que te confundes con el crepitar de un incendio entre mis sábanas grises no me queda más que apretar los dientes, apagar las luces, amansar mi fiera, y lanzarle al viento una quimera, porque es cierto que quizás aún no sé quien eres, pero si pudiera elegir...
Si pudiera elegir.
Ojalá que seas tú.
No hay comentarios:
Publicar un comentario