jueves, 25 de diciembre de 2025

Mi reliquia

 Todo comenzó escuchando a Rosalía, concretamente "Reliquia". Llegó a mis oídos y en las tripas se empezó a revolver algo. Uno de esos monstruos que van haciendo ruido por debajo, rompiendo cosas, mordiendo nervios.

Creí que estaba bajo control y entonces murió Robe, y me vine abajo. No por su muerte, sino por la muerte de mi infancia y mi adolescencia. Su muerte fue la excusa perfecta para volver a escuchar Extremoduro y Marea. De repente volví a la época de las pellas, de los largos paseos por la playa, del poder de tres. Las primeras veces que me colé en un parque cerrado, escapando de casa, rompiendo cada cadena que se me intentaba imponer. La época del grito y del rap, de recorrer Barcelona sentada en el manillar de una bici que iba demasiado rápido. La de los videojuegos y los besos a escondidas. 

De repente recordé que alguien grabó con una navaja mi nombre en la madera de su cama, y se me antojó el acto de amor más grande del mundo.

Mientras pensaba en aquellos años, sin venir a cuento encontré la autobiagrofía de Patti Smith "Éramos unos niños" se llama, y al terminarla rompí a llorar, sin saber por qué. Y entonces me di cuenta. Cuando estalló la primera burbuja de cariño y calor, llegó a enfriarme la cerveza, y a moverme el rock. La madera de aquella cama se difuminó en mi recuerdo y aparecieron las primeras luces de neón, las noches eternas y con ellas Madrid. Es verdad que no era Nueva York, Patti... Pero no puedo evitar entenderte de todos modos.

Allí nació mi arte, el de verdad. Y nació también mi segunda familia, la más infalible que he tenido nunca, pero también llegó el primer gran amor, y por consiguiente la primera catástrofe. Yo no lo sabía entonces, pero estaba viviendo uno de los periodos más intensos de mi vida. Tardaría años en volver a amar con esa intensidad y mi mundo nunca volvería a correr tan rápido. Llegaron los amaneceres en los tejados de Lavapiés, las risas desbocadas, y el humo. Los días pasaban volando, tenía la sensación de trasformarme a cada minuto. Encontré una corriente ascendente que brillaba más de lo que yo nunca hubiera visto, quizá más incluso de lo que he visto nunca a día de hoy. Brillaba tanto, que durante muchos años me olvidé de cuanto quemaba su fuego, e igual que Ícaro acabé cayendo. Fue la época de apretar el paso, de la supervivencia, el hambre y el frío. Pero también la del nacimiento de algo enorme que ya no moriría nunca, mis alas y mi hambre por ser algo más de lo que era.

Tengo la impresión de que abandoné esa ciudad en carne viva.

Y así llegó la anarquía, las manis y las raves. La gente mide la pandemia en días, yo la medí en gramos. Me envolví de tekno y me enamoré de alguien de un modo distinto al que nunca lo hice antes, alguien que bailaba como si tuviera una jauría de lobos aullándole dentro. Quizá me enamoré así porque reconocí el aullido. Yo también soy hogar de esa jauría. Era imposible mirarlo sin volver a Madrid, sin verme reflejada en cada una de sus caras, sin querer quedarme para siempre. Como era imposible tocarlo sin salir ardiendo.

Todo ese viaje tuvo un fin, el mismo fin que tuvo para Rosalía, el mismo que tuvo para Robe y para Patti. Teníamos que ser otra cosa, algo más que todo ese ruido.Pero que extraño es eso de haber vivido dos vidas. De haber sido tantas cosas y haber acabado siendo algo tan distinto a todo lo que fuiste antes. Que difícil de conciliar el vivir en un mundo que no pisaste siendo niña. Como si la verdadera aventura la hubiera vivido otra persona. Como si hubiera salido corriendo de una cueva y ahora me quemara la luz.

¿Dónde quedaron las noches de sexo, mimos y speed, las raves a la luz de la luna en el solsticio de verano, la épica de los grupos irrompibles de amigos en medio del invierno más frío de todos los tiempos? ¿Dónde quedó el contarnos secretos mientras el resto dormían a nuestro lado? ¿Dónde quedó el bailar viendo salir el sol? ¿Dónde quedó la rabia incontenible que salía en forma de arte por cada poro de nuestra piel? ¿Dónde quedó la madera de la cama con mi nombre? 

Me pregunto si Rosalía, Robe y Patti lo echan de menos aún. O si soy solo yo


jueves, 17 de julio de 2025

Como todo lo demás

 No sabes como me apena que quizá nunca lo sepas.

Quizá nunca sepas que en este mundo hubo alguien que te vio con todas tus máscaras. las que mostraste y las que nunca tuviste. Las que fuiste y las que no llegaste a inventar. Hubo alguien que vio tus ojos de avellana en cada esquina de una ciudad que dejó de ser ciudad cuando tu te fuiste. Para convertirse en ruinas.

Tengo la peligrosa sensación de que no importa el tiempo que pase desde la última vez que te vi hasta el día en que me encuentre. No importa que pasen meses, décadas, vidas. Seguirá habiendo un vacío con tu nombre en todas partes. El fuego que encendiste te siguió cuando te fuiste, y desde entonces hace frío.

Tal vez nunca sepas que empecé a creer en la magia porque te conocí. Pusiste mi mundo patas arriba, entre gritos, miedo y ausencias. Borrascas de pasión y ternura se adherían a mi piel. Para no marcharse nunca.
Para no olvidarse nunca. Para no arrancarse nunca.

Jamás tuvo sentido que viera lo que veía cuando te miraba. Nadie más lo veía conmigo. Era como contemplar un espejismo. En cierto modo eso es lo que siempre has sido. No estoy segura de haberte conocido en ningún momento que pasamos juntos. Especialmente ahora que llevo más tiempo sin tí del que estuve contigo, me doy cuenta de que quien vive en mi mente es más invento que acierto. Es probable que este hombre que me seduce en mi mente todas las noches en que bebo más de una cerveza ya no se parezca en absolutamente nada a la persona que eres.

Es probable. Me digo. Y permito que me inunde mi propia mentira. La más bella que nunca he creado. Con tu espalda perfecta, la curva que me aprendí de memoria, la forma recta de tus caderas, la dureza de tu barbilla, la espesura de tu pelo. Y tu sonrisa. Que me muera aquí mismo si es mentira esa sonrisa que recuerdo. 

Me digo que eres unos versos en un cascarón hermoso. Unos versos que tu no escribiste. Aunque se reciten con tu voz. Tu jamás me escribiste nada, es posible que a lo largo del tiempo también haya inventado tu profundidad. Quizá nunca lo fuiste. Quizá no me sujetaste sollozando por las noches. Quizá no existieron tus manos firmes rodeando mi cintura en las noches de luna llena. Al fin y al cabo ¿Acaso bailamos juntos alguna vez? Ya no estoy segura. Lo he imaginado tantas veces que ya no sé si fue verdad. Tal vez solo fuera un deseo que nunca cumplimos. 

Como todo lo demás.