domingo, 4 de junio de 2023

Las aguas de Marte

 Esta carta ha sido reprimida durante mucho tiempo.

Por una especie de rechazo a ser la persona que la escribe. Pero con el tiempo he comprendido que me la merezco y tú también te la mereces.

Así que allá va. Sin reparo ni vaselina.

No sé si tienes la más remota idea de la persona que soy. Pero sinceramente, te veo como un niño que utiliza un lápiz para hacer agujeros en su plastilina, sin ser capaz siquiera de ver que tiene algo con lo que dibujar.

Cuando nos conocimos pensé que eras algo que nunca has sido. Pensé que eras alguien profundamente alegre que miraba la vida como un reto y estaba deseoso de lanzarse al ruedo contra viento y marea.

Todo parecido con la realidad no es más que una sarcástica coincidencia.

Me he enfadado muchas veces contigo, algunas más que otras, pero más que nada, siempre que me has dolido me he enfadado profundamente conmigo. Y esta carta es para contarte los motivos.

Me enfadé conmigo cuando entendí que compartir videojuegos contigo era resignarme a la pelea constante. Era estar permanentemente alerta para que no estallaras y para hincharte el ego siempre que fuera posible. Yo contigo no jugaba a nada, solo te ayudaba a jugar a ti. Me enfadé porque me pareció un precio razonable por estar contigo.

Me enfadé conmigo cuando en medio de un polvo me dijiste que tenía que bajar de peso. Me enfadé porque a pesar de que era alguien como tu quien me lo decía me quería tan poco que me lo creí. Y tuvo consecuencias y empecé a comer menos de lo que quería comer y a mirar cuanto engordaba esto o lo otro. Me llamaste gorda y te di la razón y me enfadé de nuevo conmigo.

Me enfadé conmigo cuando salíamos de fiesta y me esquivabas. Cada vez que fingías que no me conocías o que no éramos nada. Todas las veces que me trataste como el polvo de entre semanas. Todas las veces que me dijiste que estaba loca por pensar que no te importaba. Todas esas veces creí que estaba loca, y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando te permití okupar mi casa. Cuando empezaron a surgir conflictos en mi hogar, cuando no dabas un puto palo al agua y yo te tenía que hacer de madre. De madre de un niñato que ni siquiera es capaz de fregar el plato en el que ha comido. No te eché ni te levanté la voz, ni te puse límites, y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando te desvivías por cualquier mujer excepto por mí. Cuando me pediste que abriéramos la relación y quedó claro que estabas dispuesto a conquistar y a ganarte el cariño de otras, aunque te importara tres huevos el mío. Me enfadé conmigo por querer estar con alguien que me valoraba menos que a un polvo de una noche.

Me enfadé conmigo cuando empezaste a costarme dinero. Mucho dinero. Y dejé que me lo costaras, y durante año y medio no me importó mi futuro ni mi estabilidad. Solo me importó tu presente. Y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando empezaste a costarme cordura. Cuando estar contigo era sinónimo de ansiedad. Ansiedad que ni entendías, ni te interesaba, ni respetabas, ni te importaba más que pegar cuatro gritos en el lol. Absolutamente cualquier cosa te importaba más que mi ansiedad, y pese a todo en vez de alejarme de ese monstruo lo sentí herido y me quedé con él. Y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando me di cuenta de que no me deseabas. Jamás había sentido eso. Jamás había estado con un hombre que no quisiera acostarse conmigo o darme placer. Y en vez de entender que estabas tan ciego que ni siquiera podías ver a la mujer que tenías delante lo que hice fue decirme a mi misma que yo no era alguien deseable. Y por eso me enfadé conmigo.

Básicamente y para que el asunto quede claro, me enfadé contigo por ser un crío mimado y resentido, por ser irresponsable, agresivo, inconsecuente, vago, inestable, inconstante, de mente pequeña y cerrada, ególatra e intolerante.

Pero sobretodo me enfadé conmigo por quedarme con eso. Por querer bajo cualquier circunstancia quedarme con eso. Porque ¿quién coño sería yo si quisiera quedarme con eso? ¿Quién coño era yo cuando quería quedarme con eso? Nadie. Nadie grande al menos. Nadie merecedor de nada más que lo que tenía.

Y ser eso. Ser nadie a tu lado durante tanto tiempo me hizo mirarme con ojos de mártir y de derrota. Me hizo sentir que no había nada que yo pudiera lograr. Porque ¿Qué voy a lograr si ni siquiera consigo que alguien así me vea? 

Hoy entiendo que esa no era la reflexión correcta.

No eras tú quien me mantenía presa. Presa me hice yo. Yo me conté la historia de que merecía eso. De que me merecía a alguien como tú. Y eso me convirtió en nadie. Porque nadie que merezca a alguien como tú será nunca nada grande. Jamás.

Y hoy que ya soy alguien me sigue mortificando tu dolor. Me sigue naciendo cuidarte y sostenerte en tu insolencia. A veces aún pienso si no habrá algo ahí adentro que no acabe por hacerte brillar.

Pero al fin la perspectiva, el tedio, y esta piedra con la que ya he tropezado doscientas veces me traen algo de claridad en esta larga historia de sombras.

No es mi responsabilidad que tú brilles. No soy joyera, no es mi trabajo coger una roca y transformarla en diamante. Yo no he venido a este mundo a hacerte brillar a ti ni a dejar que tu me consumas.

He venido a encontrarme personas como tú y a brillar de todos modos. A dejaros atrás. A aprender que ahí nunca será. Ahí donde duele y te sientes pequeña nunca será.

Y cuando entendí eso me empecé a preguntar "Si quitas la química ¿Qué motivos te quedan para querer estar a su lado?"

Y me di cuenta de que quizá ya no hay ninguno.



No hay comentarios:

Publicar un comentario