A veces cuando se me estremece la vida salgo al balcón a pedirle explicaciones a la noche, y hoy el cielo estaba extraño.
Hoy del cielo caían recuerdos, caían dudas y melancolía.
Recuerdos de días donde la vida parecía otra. Dudas sobre caminos que parecían llevar al norte y acababan como todos en la puta Roma. Melancolía porque siempre que salí a buscar a otro me acabé encontrando conmigo.
Y hoy no será diferente.
Aunque sea cierto que el ataúd ya no lo cierran los mismos clavos. Aunque en días como este en que el cielo tiene tanto que decir todo parezca un espejismo.
Hoy también me encontraré conmigo, aún saliendo sin buscar a nadie.
Creo que ahí está ese secreto del que todo el mundo habla. En que nos pasamos desapercibidos a nosotros mismos. Como la silla vacía el día de navidad, como Las lluvias de Castamere sonando tenues en una boda, como el parque en el que jugábamos cuando éramos pequeños.
Nos pasamos desapercibidos.
Buscamos desesperadamente que alguien nos mire y nos diga que somos reales, que estamos vivos.
Y nos matamos en el intento.
Y nos guardamos en un ataúd.
Y le vamos cambiando los clavos.
Sin preguntarnos si el muerto aún respira.
Nos vamos a cagar el día que se levante y nos pida explicaciones, amigos. Se nos va a caer la vida encima. Esa vida que creímos tenue nos va a borrar de un zarpazo. Directo, preciso, escorpiano.
Y nos daremos cuenta de que nunca importaron esos otros que salimos a buscar.
Solo importaba encontrarte contigo. Siempre, todas las veces, contigo. Y amarte y respetarte en la salud y en la enfermedad todos los días de tu puta vida. No digo amén porque podría salir ardiendo en el intento.
El día en que nos comprometamos con nosotros mismos os prometo que los caminos dejan de llevar a Roma.
Os lo prometo.
Por eso en días como hoy, en los que el cielo se parte, salgo sin buscar a nadie. A ver si de casualidad, esta vez no solo me encuentro.
A ver si por fin decido quedarme. Contra viento, marea y tormenta.
Conmigo.