Nos hemos cruzado siete infiernos ida y vuelta y pese a todo seguía sin entenderlo.
No entendía por qué no funcionaba.
Pero hoy tras escribirte una carta mucho más sanguinaria que esta, lo he entendido.
Esta semana cada mensaje que me enviabas, cada like tuyo que recibía pese a haberte pedido espacio me convertía en una berserker. Una máquina de matar, un fuego que no apagarían nueve tormentas. Necesitaba arrancarte la piel a tiras y al mismo tiempo era consciente de que lo que más me ha dolido de toda esta historia ha sido cada una de las veces que me he pasado de agresiva al defenderme y he terminado haciéndote daño.
Por eso me costaba poner límites, porque tengo un miedo atroz a mi capacidad para dolerle a los demás y no darles lo que quieren. En parte porque no quiero doler, y en parte porque no quería que se marcharan.
Pero hoy que la única persona que no quiero que se marche soy yo misma. Hoy solo me duele dolerte. Y por eso me cuesta defenderme cada vez que cruzas el límite que te he marcado durante toda la semana. Pero no defenderme cuando pasas ese límite es volver a dejar de quererme.
Y por eso hoy, después de mirar Instagram y volver a ver tu nombre recordándome por enésima vez que no te vas, que no te quieres ir, que no vas a aceptar un "no" he tomado una decisión.
Esto se acabó.
Y como te conozco y sé que ya estarás negando con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas y tratando de buscar con todas tus fuerzas la forma en que puedas comunicarte conmigo, voy a explicarte algo.
Llevo desde que volví a ser yo reconstruyéndome de las cenizas que quedaron de tu incendio. Y mi compromiso con esto que soy, con mi paz y mi bienestar es más grande que tu y que yo y que nosotros.
Es más grande que cualquier vínculo.
Y nada ni nadie lo puede volver a amenazar. No va a volverme a pasar. ¿Y sabes qué? Quiero lo mismo para ti. Y por eso yo me alejo y tu te acercas. Porque no queremos lo mismo. Ni para nosotros mismos, ni para el otro.
A ti te mueve el vértigo de perderme y a mi la esperanza de encontrarme.
Tampoco somos lo mismo.
Así que como canta Samuraï, creo que solo voy a lanzar un disparo, un tiro al aire.
Me enseñaste que dentro de mí había durmiendo una guerrera desde hacía mucho tiempo. Me pusiste contra las cuerdas tantas veces que al final no le quedó otra que salir a pegar puñetazos.
La resucitaste.
Y al principio iba perdida y estaba desarmada y desubicada, pero con el tiempo empezó a ganar terreno hasta que al final te ganó la partida.
Esa guerrera que me recordaste que era vive en la cresta de la gran muralla que me separa de ti. Y cada vez que apareces con un nuevo caballo de Troya ella se levanta y carga el arco con una sola bandera que dice "No volverás a pasar".
Fuiste tú quien me enseñó a defenderme de ti. Conozco todas tus caras, todas tus promesas, todos tus gestos, todos tus tientos y conozco al mártir que vive tras ellos.
Y estoy cansada de dejar de cuidar de mí para poder cuidar de ti. Pero sobre todo. Sobre todo, estoy cansada de que me lo pidas.
Estoy cansada de que en tu barra de medir nunca haya un tope para el dolor que eres capaz de provocarme. Para la sepultura a la que eres capaz de arrojarme, sin miramientos todas y cada una de las veces que la vida te duele.
Estoy cansada de tener que hacerme cargo de los dos porque tu no puedas hacerte cargo de ti.
Así que cada vez que te nazcan unas incontrolables ganas de buscarme pregúntate "¿No nos hemos hecho ya bastante daño?" "¿No he demandado ya suficiente?"
Si la respuesta es "No" no mereces buscarme y si es "Sí" entenderás que no debes hacerlo.
Espero que un día nuestro bienestar y el tuyo te pese más que tu capricho.
Espero que un día te mires y veas que puedes ser más que los ojos derrotados con los que ves el mundo.
Espero que un día eches la vista atrás y nos veas como algo de lo que aprendiste y entiendas que no fui yo quien te enseñó que en la vida hay magia, sino que fuiste tú levantándote de una guerra que derrumbó tus cimientos hasta que tuviste que construir unos nuevos.
Y espero que algún día esos nuevos cimientos te lleven lejos. Tan lejos que ya no quieras escuchar mis pasos al lado de los tuyos. Tan lejos que tus días ya no te recuerden a los nuestros.
Y ojalá algún día, cuando esta historia sea recuerdo y nuestras vidas ya no pesen en los hombros del otro seamos capaces de coincidir sin necesidad de herirnos.
Hasta entonces.
Que los días sean cortos y que el tiempo te sorprenda con nuevas guerras y victorias.
Que encuentres el camino entre la espesura y que al final haya el amor que tanto persigues.
Que lamas tus heridas y renazcas tan fuerte que acabes perdonando lo que fuiste.
Y que volvamos a vernos cuando ya no seamos los mismos.
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