martes, 27 de octubre de 2020

Hueles a Madrid

 Cuando dices eso hueles a Madrid.

Hueles a frío en Lavapiés, a recorrer calles vivas llenas de arte, de rebeldía e historias. Hueles a birra con tapa, a tarde con guitarra y a pena con gloria.

Cuando dices eso hueles a Madrid.

Pero también me lo recuerdas cuando ríes. Tu risa se parece a Tribunal, a las noches sin amaneceres ni tiempo ni lágrimas. A ese puesto de pizzas que no cierra nunca. Tu risa se parece a no tener ganas de volver a casa, que tu casa es esta, la calle, dónde la vida se vive y nunca se deja pasar.

Sabes a Madrid cuando me besas. Tus besos son el Retiro en otoño. Leer un libro debajo de un árbol, o esos músicos que siempre están tocando delante del estanque. Son una exposición en el Palacio de Cristal, y un paseo alrededor del Ángel Caído cuando se termina la tarde y el viento aúlla. Son el sentirse arropado en un bosque en mitad de una ciudad que no da respiros. Son refugio.

Cuando dices eso hueles a Madrid.

A tu lado estoy bajando Montera y Fuencarral a primera hora de la mañana. Llego a Tirso a tiempo de desayunar lo que sea que lleve chocolate. Mucho chocolate. Y me pierdo en el Rastro al menos tres horas, o lo que dure la eternidad de tus abrazos. Lo que duren nuestras ganas de salirnos del camino para caminar.

Me traes Madrid a la cama cuando duermes. Me traes la Latina y la Plaza de la Cebada llena de música y de gente que baila mientras se busca. Me bajas al sótano de la Tabacalera y en tus suspiros puedo oír sus paredes susurrando la calma que ya nunca tengo.

Esa calma, ese caos, esa magia que se quedó en Madrid.

jueves, 15 de octubre de 2020

Lo que me enamora

 Hoy me estaba preguntando: ¿Qué es lo que me atrae de los hombres? Y me parece una duda razonable porque me han atraído hombres muy diferentes. Así que he pensado en hacer una lista para aclararme las dudas.

Lo primero es que me encantan los hombres que huelen bien. Y no me refiero a los hombres que usan perfumes o se duchan todos los días. Hablo de esos hombres que huelen bien, que tienen esa capacidad de dejar su olor en tus sábanas, ese olor que puedes identificar en cualquier sitio, ese olor que te inunda cuando te abrazan. Ese olor que se parece tanto al que tenía tu casa cuando eras pequeña y parecía el lugar más seguro de la tierra.

Me encantan los hombres de sonrisa. Me explico. Los hombres que consiguen dar un discurso entero sonriendo, ese tipo de sonrisa que solo puede responderse volviéndote loca. Personalmente la ladeada es mi favorita, ya sabéis, esa que indica que acaba de hacer algo malo y le parece tremendamente divertido.

Me gusta descubrir que no tienen los ojos de un solo color. En casa son oscuros, al salir se vuelven miel y cuando están felices son un jodido arcoiris. Un arcoiris que parece conocerte desde siempre. 

Las manos. Tengo un problema con las manos. Me dicen todo de una persona. La rugosidad, la tensión, la dureza. Son vitales. No sé cuales son exactamente las manos que me enamoran. Solo sé que algunas veces me las he encontrado, y lo he sabido al instante. Son esas.

La voz. Sería injusto decir que me gusta la voz en un hombre. Me fascina la puta voz en un hombre, y todo lo que ello implica. Me encanta cuando es grave y rota y todo lo que expresa parece más profundo. O cuando es joven y despreocupada y las palabras suenan vivas y llenas de historias y sueños. Me encanta la manera de expresarse que tienen esas voces, esas palabras que solo dicen ellos, que son tan tan tan ellos. Esa risa característica que se contagia en cualquier parte y en cualquier momento.

Me gustan los hombres que bailan. No los que saben bailar. Los que bailan. Los que han aprendido como quieren que su cuerpo se mueva y les obedezca bajo cualquier circunstancia. Los que han aprendido a liberarse de la estaticidad de sus vidas y te lo cuentan bailando. Y te lo gritan bailando.

Me gustan los hombres que son tormenta en el mar. Esos que no saben quedarse quietos, que no quieren quedarse quietos, nunca, pase lo que pase. Los hombres que te sacuden de pies a cabeza, porque ¿Qué coño haces que no estás viviendo? Son trueno, relámpago y lluvia cayendo sobre tus mejillas. Son todas esas cosas y a la vez la paz de sentirte seco en casa mientras fuera se desata el desastre.

En realidad creo que es injusto intentar encontrar los atributos en concreto de cada hombre del que me he enamorado de una manera o de otra. Creo que sencillamente los amo libres. Los amo vulnerables en su propia fortaleza, capaces de enfrentar lo que sea. Me enamora aquello que los hace únicos e imprescindibles, aquello que aún no se han dado cuenta que tienen. Eso que nunca pierden, que vive con ellos y en todos aquellos que tienen la suerte de compartir un trocito de vida con ellos.

No sé explicarlo, no sé definirlo. Sólo sé que son.