martes, 9 de enero de 2024

Sin quererlo me caí en unos brazos.

 ¿Por qué me gustas tanto? La pregunta es razonable, y me nace decir que no lo sé, que me gustaría pensarlo, y aún así, aquí estoy, casi al borde del quebranto.

Me gustas porque sí, no tengo ni que pensarlo, me tumbo entre tus brazos y por fin me siento a salvo. Y podríamos pensar que eso es poco, que quizá se queda corto, pero espera, deja que te cuente lo que pasa en ese abrazo.

Cuando estoy contra tu pecho a veces hablas, me miras y no importa donde estemos, de repente estoy en casa, en una de esas con chimenea, con camas deshechas, libros, plantas y la lluvia que golpetea fuera.

Me aprietas contra tu cuerpo y pienso que contienes todos y cada uno de mis huesos, los devuelves a su sitio, y por primera vez en mucho tiempo se me relaja el cuerpo, y entiendo que de alguna forma el amor siempre fue esto, este pequeño segundo en que entiendo que te quiero. Y entonces te miro, te me adelantas y me dices que me quieres, y me miras y también yo te lo digo, y sonríes, y sonrío.

Y por un momento todo en este mundo vuelve a tener sentido. Y veo todo aquello que podemos ser y aún no hemos sido. Me tiemblan las piernas, lo notas y me estrechas con más fuerza, como si la injusticia de caerme se te antojara inmensa. Me inunda tu olor, me desarma, me anestesia, y para cuando me quiero dar cuenta ya ha llegado el autobús.

Es por eso que me gustas, pero si te queda algo de tiempo, deja que también te diga, ya que estoy por qué te quiero.

Puede que resulte más difícil de lo que me pienso.

Te quiero por como me tocas, por como caminas, por como me provocas. Te quiero porque no te da miedo decirme que me quieres, aún con miedo, con pasado, con heridas, con riesgo. Me quieres. Y tus manos me recorren buscando nuevas formas de quererme, de conocerme, de descifrarme de acariciarme. Como si nadie antes lo hubiera hecho jamás. Como si quisieras beberte mi cuerpo. Como si estuvieras dispuesto a dejarme sin mi aliento para que naciera el nuestro.

Te quiero por el arte que destilas, por el brillo que ilumina cada cueva oscura de mi vida. Te quiero porque te muestras tal como eres, aunque a ti no siempre te guste, aún sin la certeza de que a mí me gusta siempre.

Te quiero porque me haces reír, pero no es solo la risa, son las ganas que tienes de hacerme feliz, es como me miras, como sabiendo que te asomas a algo inmenso y lejos de asustarte te quedas medio traspuesto y pones esos ojos que me apagan los incendios, me mecen y me vienen unas ganas imparables de reescribir los planes, de rendirme a cada una de las cosas que me dices o me cantas o me escribes.

Porque no me hagas hablarte de tu voz. De eso hablamos otro día. Y al menos por ahora espero que hasta aquí te sirva, y que sepas en que pienso si parece que a destiempo me fundo en tu calor.