martes, 21 de febrero de 2023

¿Cómo lo vas a saber si nunca te lo he contado?

 ¿Cómo ibas saberlo?

Si no hay un manual 

¿Cómo ibas a saberlo si nunca te lo supe decir?

Desde pequeñita yo aprendí que la familia es lo primero. Crecí en una familia numerosa, con cumpleaños llenos de gente, y Navidades convulsas en las que parecía que nadie se caía nunca, en las que nadie fallaba nunca. Crecí sabiendo que la familia era infalible.

Cuando era niña vi que mis amigos tenían padres que no igualaban a los míos. Vi núcleos familiares que se caían a trozos, niños que no tenían regalos el día de reyes, padres alcohólicos, divorciados o con costumbres poco recomendables cuando hay un crío en casa. 

Pero mi familia era diferente. A mí me tocó la buena.

Yo tenía viajes a la nieve, barbacoas en el bosque, vacaciones en Menorca. Y unos padres que se querían y me querían más y mejor de lo que yo he visto jamás quererse a nadie.

Desde pequeñita aprendí que el amor existe. Que puede ser exactamente como te lo cuentan en las pelis. Que existe esa infancia feliz que parece que nadie ha tenido. Que a pesar de los pesares la familia te sostiene siempre.

Y como aprendí todas esas cosas el día en que esa imagen se rompió no lo supe procesar.

Sé que tú tampoco supiste, como también sé que cuando uno procesa un duelo a veces no ve las cosas que se rompen a su alrededor. Y por eso, hoy te las vengo a contar.

El día en que mi padre murió yo lo sabía. Lo sabía aunque nadie me lo dijo. Lo supe la noche antes. Le pedí que me montara el escritorio y me dijo "Mañana lo hacemos" y me fui a dormir pensando "No. No lo haremos".

Esa mañana en que la casa estaba llena de familiares pero no estaban mis padres fue el principio de algo que me iba a poner contra las cuerdas durante años. Fue el día en que mi familia se rompió.

Yo no sabía lo que me pasaba, no me sentía triste, me sentía vacía, la gente me pedía que llorara y yo no sabía hacerlo.

No sabía.

E igual que no sabía llorar, no sabía hacer tantas otras cosas.

Quizá tu no lo sepas. Pero el colegio fue siempre un infierno. Siempre es una palabra muy fuerte. Pero a partir de segundo de primaria, como tarde, fue un infierno.

Nunca tuve muchos amigos. De hecho solo tenía una, y cuando estábamos en clase esa una cambiaba de bando. No la puedo juzgar, era una cuestión de supervivencia. O estás con los que pisan o eres el pisado, y a mi en el cole me pisaron desde muy pequeña.

Para mi ir a clase era un trámite que debía soportar para que mi familia estuviera bien.

Y cuando mi familia dejó de estar bien y yo dejé de estar bien ese trámite se volvió insoportable.

Cuando mi padre murió mi madre murió con él. Y empecé a darme cuenta de que esa madre cargaba con todo. Con todo. Teníamos dos abuelas en casa que necesitaban cuidado y nosotras éramos dos personas que necesitaban cuidado. Y por extraño que parezca nadie puede con todo.

Mis abuelas estaban enfermas, no podías enfadarte con ellas, mi padre había muerto, no podías enfadarte con él, pero conmigo sí podías.

Y quizá tu no lo recuerdes. Quizá tu no recuerdes la época en la que tuve que aprender a descongelar la comida y a cocinarla porque tu estabas por ahí conociendo a gente, mientras estaba pendiente de mis dos abuelas, mientras mi familia entera me bombardeaba con "Necesitas algo? Ya sé que tu madre está su bola", mientras generaba migrañas crónicas, el bullying era incesante y gestionaba unos abusos que en esa época ni siquiera reconocía.

Quizá tu no te acuerdes de esa época. Quizá porque la vivimos de forma diferente.

Pero en esa época en la que yo no daba para más, porque estaba sosteniendo todo eso con 13 o 14 o 15 años, en esa época tu derramabas toda tu frustración en mí, porque no podías hacerlo con nadie más.

Y cuando eso empezó a pasar, yo me desconecté de mi familia y me desconecté de ti.

Porque no podía más.

La realidad es que no iba a clase porque no podía. No estudiaba porque no podía. Mi cabeza estaba saturada las 24 horas del día con "¿Qué puedo hacer para que todo vuelva a estar bien?" Hasta que ese pensamiento fue suplantado por otro "¿Qué puedo hacer para que algo vaya bien?" 

Y me di cuenta bien rápido.

Para que algo fuera bien algo debía cambiar. 

Y dejé de hacer lo que se esperaba de mí, y empecé a faltar a clase, y conocí a gente por mi cuenta, y aún así no me bebí una cerveza hasta los 19 años ni me fumé un cigarro hasta los 21. No es que me convirtiera en una veleta, como he visto convertirse a CIENTOS de personas en situaciones similares, no es que de repente me pasara el día fumando crack. No fue eso.

Sencillamente busqué el aire que no tenía en ninguna parte. 

Porque mi cole era un infierno, y mi casa no era ya mucho mejor.

Y cargué con todas las represalias del mundo. Y aprendí, porque me lo enseñaste, que si no hago las cosas como tu las quieres tú sufres. Aprendí que es mi responsabilidad que tu estés bien. Aprendí que la que te tiene que cuidar soy yo. La que se tiene que ceñir a tus expectativas soy yo. Y sobre todo. Sobre todo. Aprendí que habrías preferido una hija que sacara dieces aunque luego fuera incapaz de pensar por si misma y se pasara el fin de semana borracha, como TODAS Y CADA UNA de las personas que sacaban dieces en mi instituto. Antes que tener una hija libre, fuerte y capaz pero que suspendiera.

Y quizá no entiendas la magnitud de esa herida. Quizá la sensación de "Quiero lo mejor para ella" es tan masiva que opaca todo lo demás. Pero esa herida está. Y duele como diez infiernos. 

Y con ese dolor, me fui a Madrid.

Y Madrid me sacudió y me dolió. Me dolió más de lo que nunca te conté ni te contaré. Pero también me hizo libre y fuerte y me enseñó a encarar el dolor, porque no se puede hacer otra cosa que no sea encararlo.

Es verdad que me descolgué. Y que mi vida se convirtió en un festival de adicciones y relaciones tóxicas. Todo eso es verdad. Pero también es verdad que la mayoría de mi generación cayó antes que yo, y muchos de ellos no llegaron ni la mitad de lejos. No vivieron ni la mitad de cosas de las que yo viví en dos años.

Quizá por eso la mayoría no estuvieron nunca ni la mitad de rotos de lo que yo lo estuve. Ni serán nunca tan plenos como yo lo seré algún día.

El error fue siempre el mismo. Buscar el modo de volver a tener lo que tuve. 

Tardé mucho tiempo en entender que todos dinamitamos los puentes por los que pasamos, porque si tenemos que volver volveremos por otro lado.

Tardé muchísimo en dejar de vivir a golpe de melancolía.

Hasta que un día y casi sin pensarlo le dije a mi psicóloga "Es que mi madre nunca ha estado orgullosa de mí".

Y me vine abajo con una fuerza que no me esperaba, pero por primera vez entendí el problema.

Entendí que necesitaba tu reconocimiento de vuelta. Entendí que me estaba matando vivir bajo la premisa de que solo me querrías si yo era quien tu querías que fuera.

Me estaba haciendo polvo darme cuenta de que quizá nunca sería quien tu querías que fuera.

Y que no ser quien tu querías que fuera era válido. Lo sería siempre.

Heredé mucho de ti. Un día me di cuenta de que hacíamos lo mismo. Mis parejas solo eran válidas si cumplían con mis expectativas. Mis amistades solo eran válidas si encajaban en lo que yo esperaba de ellos. Y si eso no pasaba les cargaba la responsabilidad de mi malestar.

Le decía a Salva "Es que tienes que parar de matarte, porque matándote me estás matando por el camino".

Que frase más injusta. Como si su vida fuera mía. Cómo si la vida de cada uno no fuera ÚNICA Y EXCLUSIVAMENTE de cada uno.

Como si mi sufrimiento fuera culpa de las decisiones de los demás. 

Como si mi sufrimiento no fuera única y exclusivamente responsabilidad mía.

Mi psicóloga intentó explicarme que yo no soy ni debo ser nunca esclava de las expectativas de nadie, mucho menos de las de mi madre. Porque ningún padre es dueño de su hijo, mucho menos cuando ya es adulto. Y ningún padre le debería exigir a su hijo que tome un camino que no quiere tomar.

Ese fue el aprendizaje más difícil. Porque yo le decía "Es que fui una hija muy difícil" y como si nada ella me contestaba "Ana, pero es que eras una niña. Y no era tu responsabilidad hacerte cargo de ti misma, como no lo es la de ningún niño."

Y no había manera de entender eso. No había manera de salir de la rueda de "Nunca seré suficiente".

Hasta que todo se acumuló tanto y tan mal que acabé reventando. Me he pasado un verano entero siendo cenizas de lo que fui. Nunca había estado tan al borde de perder la cabeza. Nunca.

Y ahí no quedó otra opción. "O aflojo o estallo" 

Y en ese silencio que me permití. En esos meses que pasé sola en casa teniendo miedo de todo. Entendí que en resumen era todo más sencillo de lo que parecía. 

Solo quiero estar bien. 

Estar bien tiene varios requisitos. Trabajar en algo que me ayude a crecer y de lo que me enorgullezca, tener un círculo social que me respalde y con el que sentirme libre y nutrida y al que nutrir, llegar a fin de mes y que mi madre esté bien.

Eso es todo.

Ese es todo el misterio.

Para ti que el trabajo te llene no es tan importante, pero considero que es más fácil decirlo cuando te has dedicado a tu creatividad casi toda la vida que cuando te la has pasado trabajando de camarero siendo explotado, maltratado y pateado todos los días. Es difícil apreciar los contrastes cuando tu trabajo no te ha hecho sentir lamentable todos y cada uno de los días.

Y sobre todo, es difícil entender la perspectiva de saber que hagas lo que hagas vivirás peor que tus padres. Porque es la época que me ha tocado vivir, y es lo que hay, así está el mundo. Es difícil entender que si voy a vivir peor que tú al menos quiero vivir siendo quien quiero ser.

Siempre me ha costado contarte estas cosas porque por encima de todo, entendí que hiciste todo cuanto supiste. Como hoy haces todo cuanto sabes. Y siempre has hecho y harás todo bajo el hecho irrefutable de que me quieres con todas tus fuerzas. Como yo te quiero con todas las mías.

Y todo lo que hiciste y haces es suficiente. Y es válido. Y respetable. Y es más de lo que muchos hacen. Y no has parado de hacer más y más cada día.

Pero creo que podemos ser más que esto.

Quiero poderte contar lo que me pasa y como me siento sin miedo a recibir represalias por tu parte. Y quiero que tu también puedas contármelo sin el miedo de que yo mañana no tenga algo que comer.

Quiero que podamos apoyarnos y querernos sin expectativas ni miedos. Como estoy segura que el papa quiere que nos queramos.

Y entiendo que pese a que no era mi responsabilidad hacerme cargo de mi misma cuando era niña sí lo es ahora que soy adulta. Y que ya no es tu responsabilidad ni tu trabajo cuidar de mi. Y es hipócrita pedirte que me dejes ser quien soy cuando ser quien soy me hace pedirte dinero.

Sé que es hipócrita e injusto y por eso te doy mi palabra de que estoy haciendo y haré todo lo posible por salir de esta espiral de inconformismo y dependencia. Porque las mismas ganas de que nos podamos querer mejor las tengo también de poder por fin no depender de nadie.

Te prometo que las tengo. Te lo juro.

Te aseguro que hay días en los que no me mueve más fuerza que esa.

Solo te pido que entiendas que como tu, estoy agotada. Y me ha pasado la vida por encima como un camión de mercancías, y necesito estar bien antes de volver a tirarme al ruedo. Porque no sé si puedo ya encajar más golpes sin recuperarme antes.

Necesito la tranquilidad de que mi dolor es válido, y de que mi respiro es respetado y comprendido.

Y que si aún no puedo es porque estoy trabajando para poder mañana. Para tener más herramientas, más fuerzas y más conocimientos mañana.

Porque quizá aún no puedo, pero ya estoy llegando. Ya casi puedo tocarlo.

Ten paciencia, ya no falta nada.

Puedo llegar sola, pero por dios que me encantaría llegar contigo.

Te quiero muchísimo.

 


 


jueves, 16 de febrero de 2023

El último dolor que él me causa, y los últimos versos que yo le escribo.

 Esto que estoy a punto de hacer, lleva siendo pospuesto mucho tiempo.

No he tenido la fuerza, ni las ganas, ni el coraje de hacerlo antes.

Pero hoy me siento valiente. Así que allá va.

Salva. Mi niño perdido, mi sol, mi condena. El gran titán de mi vida.

Hoy he venido a despedirme. Y no te haces una idea de cuanto me ha costado poder hacerlo.

El día que te conocí mi vida se desbarató. Para bien y para mal. 

Me enseñaste tantas cosas, me abriste tantas puertas. Eras tan grande que nunca fui capaz de sostenerte.

Quererte me hizo polvo. Me convertí en el perro cabizbajo que no sabe que lo han abandonado, ese del que habla Tejerina.

Cuando te conocí abracé el camino del guerrero por primera vez en mi vida. Abracé el proceso eterno de la lucha para lograr mi objetivo, y ese objetivo, durante mucho, mucho tiempo, fue el de estar a tu lado.

Lo sé, era un objetivo mediocre, pero es que yo era un poco mediocre cuando te conocí, Salva. Era joven, estaba triste, quería que alguien me salvara y yo no estaba lista para ser valiente por mi misma. Pero si lo estaba para ser valiente por ti.

Y lo fui, Salva. Lo fui y me caí muchas veces, y me hice mucho daño. Más del que pensé jamás que podría soportar.

Y en ese camino me perdí. Me perdí buscándote, pero sobretodo, me perdí buscando aquello que alguna vez sentí contigo. Buscando aquella casa que contigo construí. La del tragaluz, la piscina y el biombo.

La casa que nos vivió.

Dios mío, no sabes cuanto la echo de menos, Salva. No sabes cuanto nos echo de menos.

Pensé que siempre serías tú. Siempre, hasta el final. 

Me costó mucho tiempo darme cuenta de que aquella persona a la que conocí y de la que me enamoré como si me fuera la vida en ello ya no era la misma que tenía delante. Fue muy tedioso, muy frustrante, muy doloroso.

Fuiste mi primera gran guerra.

Y perderte fue el segundo gran duelo de mi vida.

Y no hablo de perderte como pareja. Hablo de perderte como expectativa, como referente, como orgullo, como camino compartido, como amigo. Como mi persona favorita en el mundo entero.

Perderte me dejó vacía. Pero perderte me permitió llenarme de mí.

Y no sabes como te agradezco el inmenso crecimiento que nació de quien fuiste y de tu pérdida.

Gracias a haberte conocido y a haberte perdido tengo el inmenso privilegio de ser quien soy.

Porque quien soy no lo sería contigo, ni siquiera si tu fueras aún quien fuiste. Ni aunque siguieras siendo ese titán, ni aunque siguiera saltándome el corazón del pecho cuando entras por la puerta, ni aunque yo hubiera conseguido ese maldito Leviatán con el que abordarte del que habla Gata Catana.

Aún con todo eso, yo no sería yo.

Me gusta pensar que en otro lugar, en otra vida, en otra Madrid, tu y yo lo logramos. Y vivimos aún en Lavapies, bajamos a las Fatis dos de cada tres tardes, nos leemos libros en voz alta en el Retiro, bebemos cerveza escuchando el Pinkpop de Passenger y supimos encontrar la paz en el desorden del otro.

Pero en esta vida no. 

En esta no.

Joder, pero cuanto lo quise. 

Cuántísimo lo quise.

Cuantísimo te quise.

Pero en esta vida no.

Te seguiré viendo siempre en la puerta del Reyla. Te escucharé en cada maldita canción de White Buffalo, y de Volbeat, y de Passenger y por dios, cada maldita vez que suene Semilla en la Tierra. 

Quizá por eso dejé de beber cerveza, para dejar de verte en todas las Xibecas.

Pero aunque te siga viendo y escuchando, y aunque te eche de menos y tu ausencia se sienta como un bloque gigante de alquitrán en el estómago, me seguiré escogiendo a mí.

Todas las veces.

Todas y cada una de las veces que me duelas, me escogeré a mí.

Y de esa decisión nace esta despedida.

Este último dolor que tú me causas, y estos últimos versos que yo te escribo.

No esperaba tantas referencias a la poesía, pero bueno, después de todo siempre fuiste un poco eso ¿no?

A pesar de todo, fuiste un gran maestro y muchas veces un gran amigo.

Que tengas buen Camino, Salva, Nir, Mirlo, Chalva.

Y que el brillo de tus hojas nunca se apague.

Adiós.