El otro día un amigo nos compartió un pensamiento. Nos preguntó "¿Nunca habéis tenido a alguien en la cama durmiendo y habéis pensado "Qué habrá visto esta diosa en mí"?" Y no tardé ni medio segundo en decirle que no. Que nunca me he empequeñecido por el amor o la decisión de una persona que me escoja. Que igual de grande que es ella por respirar lo eres tú por merecer que lo haga a tu lado. Que el amor se gana, se lucha, se protege y se cuida. No puedes querer a alguien enorme si te piensas pequeño. "¡Que grande es mi Ana!" Me dijo.
Y ahora dándole vueltas, me doy cuenta de que no es una cuestión de grandeza. Es una cuestión de saber reflejarte en los ojos del otro, de atreverte a estar desnudo. Desnudo del todo.
La gente cuando crece lleva una mochila de relaciones fallidas, de desamores, de traiciones y horas dedicadas y perdidas en la gente equivocada. A mí eso no me pasa.
Yo siempre he sido un poco viaje por carretera. Siempre he sido esa persona que va en una caravana recorriendo el mundo y maravillándose con lo que ve. Sigo pidiéndole deseos a las pestañas cuando se me caen.
Claro que he visto dioses durmiendo en mi cama. Pero incluso llamarlos dioses es reduccionista, soso, se queda abiertamente corto.
Nunca he sabido ver lo que tengo delante, siempre miro lo que hay más allá. No veo dioses. Veo una sonrisa capaz de alumbrar todas las soledades latentes de una ciudad sabiéndose bengala en una noche fría. Veo revolucionarios liderando un ejército de inconformistas derrotados. Veo el mar en los ojos de algunas personas, o un bosque, o la puta luna.
Veo héroes sacando niños de un infierno de llamas con los brazos más fuertes que ha visto esta tierra, capaces de defenderlo todo. Veo historias por escribir que harían temblar los cimientos de la biblioteca más grande del mundo.
¿Pero dioses? No. Yo no veo dioses.
Quizás es porque en su momento me nombraron "Melancolía", y "Esa ola que te moja los pies el primer día del verano" y "Verbena de invierno" y "Décimo Doctor que aún no conoces, pequeña".
Quizá todos querríamos con menos miedo si supiéramos que somos magia en los ojos de otro. Quizá no se lo hayan dicho a todo el mundo. Quizá sigue habiendo gente por ahí que no sabe que es invencible, que puede con todo. ¿O acaso no ha podido con todo hasta ahora?
Claro que la gente ama con miedo, y con por si acasos y con te lo dijes.
Que poco conscientes son las personas de las taras que dejan a su paso, que para ti es la tercera ruptura, pero para alguien es la primera punzada de dolor que le hace sentirse solo, pequeño, vulnerable. O dios... Prescindible.
Que poco responsable pasarnos la juventud deshojando corazones que no nos importan. Como si no le importaran a nadie. Como si no fueran a importarle nunca a nadie. Claro, luego se lo creen y... Alerta de mochila.
No sé muy bien como esquivé ese búnquer en el que la gente parece tener tantas ganas de esconderse. Nunca he tenido ganas de llevar cuidado. De preguntármelo todo dos veces, de dejar pasar el tiempo o de esperar. No me deja tiempo libre la curiosidad.
Estoy harta de oír decir que "A partir de cierta edad no te enamoras como antes", lo mismo eres gilipollas y eres tú quien no se abandona a alguien como antes.
Quizá me quitaron tan pronto el miedo que cuando lo vi venir me reí en su cara. Quizás aprendí tan rápido a ver la magia que ya nadie tuvo narices de hacerme retroceder.
Es eso lo que veo. Magia. ¿Pero dioses? No. Yo no veo dioses.
viernes, 6 de diciembre de 2019
jueves, 7 de noviembre de 2019
Somos unos inconformistas de mierda.
Nos lo ponemos difícil a propósito. Estar bien es un estado que se consigue y se mantiene, la felicidad no, la felicidad es otra cosa. Cambiamos constantemente, o peor, queremos cambiar constantemente y no lo hacemos. Nunca estamos del todo contentos con lo que estamos haciendo, ni con donde estamos, ni con quien. Es impresionante lo narcisistas que somos. Como constantemente nos movemos como si se nos debiese algo. Como si pudiéramos aspirar a algo mejor. "Mi trabajo está bien, pero podría pedir un aumento", "Mi piso mola pero ojalá tuviera parquet", "Mi novia me encanta pero si le gustara Star Wars ya sería la ostia".
¿Tú te acuerdas de la última vez que estabas a gusto con tu vida? ¿Satisfecho? ¿Recuerdas una sensación de plenitud? Porque no sé si es que yo soy rara con esto, no lo creo, pero me parece que nadie tiene los huevos últimamente de darse cuenta de lo que tiene.
Nos pasamos la vida echando de menos fantasmas que nos cosen los sueños por la noche porque cuando se hace de día todo nos parece menos. El café sabe peor ahora que hace unos años.
Es como que solo nos quedan nuestras aspiraciones. Nada demasiado cercano, que quede todo lo más lejos posible, asegurémonos de no alcanzarlo, no sea que cuando lo toquemos con los dedos ya no nos parezca suficiente.
Todo esto venía porque hace unos días en el trabajo un compañero decía que otro de los que trabaja con nosotros fingía su felicidad. Que debía ser una máscara, un papel, porque nadie es así de feliz todo el tiempo.
Pensé que tenía razón. Y durante los siguientes días pensé en por qué la tenía.
Para empezar la tiene porque tengo la teoría de que nadie es constantemente feliz. Se es feliz un tiempo, la felicidad es algo que se persigue constantemente. La felicidad son las metas que nos ponemos. ¿Así que por qué ponérnoslo tan difícil? ¿Por qué ser inconformistas?
Acabamos siéndolo tanto que al final nuestras metas ni siquiera son reales. Nos acostumbramos al "Ya llegará".
Nos damos cuenta de que éramos felices más tarde. Cuando el momento ya ha pasado.
Y no aprendemos de ello. Es impresionante. Pensamos "La próxima vez me daré cuenta y lo disfrutaré". Eso en el remoto caso de que alguien haya pensado tanto como para darse cuenta de lo enfermos que estamos.
Quiero pensar que empiezo a hacerlo un poco. Que empiezo a ver esos momentos cuando los vivo pero la espina sigue ahí. Siempre podría estar mejor.
Me he dado cuenta hoy porque había quedado con alguien con quien ni siquiera me apetecía mucho quedar, pero cuando lo ha cancelado la tarde se me ha puesto gris. Ya no era una tarde tan buena, y eso que antes ni siquiera lo era, era normal. Pero de repente. Es gris.
Y de haber quedado me habría dado igual después, no lo habría valorado ni lo más mínimo, me habría ido a dormir como si todo fuera normal.
No valoramos nada de lo que tenemos. Y si lo hacemos, aunque sea un momento nos atormenta nuestro conformismo. Nos atormenta cada puto día, hasta que lo mandamos a la mierda y nos ponemos a otra cosa "No era tan feliz, no valía la pena".
Todo vale la puta pena. Todo lo que nos saca una sonrisa en una tarde que podría ser una tarde gris vale la pena. Vale la pena luchar por ello, vale la pena quedarnos con ello hasta que no nos quede tiempo.
Porque todo lo que tenemos es tiempo.
Y no tenemos tanto como para desperdiciarlo en cosas que ni existen, ni llegan, ni nos llenan nunca.
Me di cuenta acunando a un gato dos horas seguidas sin hacer nada más que eso y llorar de felicidad.
Basta ya de pasarnos por alto la vida.
Basta ya.
¿Tú te acuerdas de la última vez que estabas a gusto con tu vida? ¿Satisfecho? ¿Recuerdas una sensación de plenitud? Porque no sé si es que yo soy rara con esto, no lo creo, pero me parece que nadie tiene los huevos últimamente de darse cuenta de lo que tiene.
Nos pasamos la vida echando de menos fantasmas que nos cosen los sueños por la noche porque cuando se hace de día todo nos parece menos. El café sabe peor ahora que hace unos años.
Es como que solo nos quedan nuestras aspiraciones. Nada demasiado cercano, que quede todo lo más lejos posible, asegurémonos de no alcanzarlo, no sea que cuando lo toquemos con los dedos ya no nos parezca suficiente.
Todo esto venía porque hace unos días en el trabajo un compañero decía que otro de los que trabaja con nosotros fingía su felicidad. Que debía ser una máscara, un papel, porque nadie es así de feliz todo el tiempo.
Pensé que tenía razón. Y durante los siguientes días pensé en por qué la tenía.
Para empezar la tiene porque tengo la teoría de que nadie es constantemente feliz. Se es feliz un tiempo, la felicidad es algo que se persigue constantemente. La felicidad son las metas que nos ponemos. ¿Así que por qué ponérnoslo tan difícil? ¿Por qué ser inconformistas?
Acabamos siéndolo tanto que al final nuestras metas ni siquiera son reales. Nos acostumbramos al "Ya llegará".
Nos damos cuenta de que éramos felices más tarde. Cuando el momento ya ha pasado.
Y no aprendemos de ello. Es impresionante. Pensamos "La próxima vez me daré cuenta y lo disfrutaré". Eso en el remoto caso de que alguien haya pensado tanto como para darse cuenta de lo enfermos que estamos.
Quiero pensar que empiezo a hacerlo un poco. Que empiezo a ver esos momentos cuando los vivo pero la espina sigue ahí. Siempre podría estar mejor.
Me he dado cuenta hoy porque había quedado con alguien con quien ni siquiera me apetecía mucho quedar, pero cuando lo ha cancelado la tarde se me ha puesto gris. Ya no era una tarde tan buena, y eso que antes ni siquiera lo era, era normal. Pero de repente. Es gris.
Y de haber quedado me habría dado igual después, no lo habría valorado ni lo más mínimo, me habría ido a dormir como si todo fuera normal.
No valoramos nada de lo que tenemos. Y si lo hacemos, aunque sea un momento nos atormenta nuestro conformismo. Nos atormenta cada puto día, hasta que lo mandamos a la mierda y nos ponemos a otra cosa "No era tan feliz, no valía la pena".
Todo vale la puta pena. Todo lo que nos saca una sonrisa en una tarde que podría ser una tarde gris vale la pena. Vale la pena luchar por ello, vale la pena quedarnos con ello hasta que no nos quede tiempo.
Porque todo lo que tenemos es tiempo.
Y no tenemos tanto como para desperdiciarlo en cosas que ni existen, ni llegan, ni nos llenan nunca.
Me di cuenta acunando a un gato dos horas seguidas sin hacer nada más que eso y llorar de felicidad.
Basta ya de pasarnos por alto la vida.
Basta ya.
viernes, 25 de octubre de 2019
Balance
Empecé este blog para hablar conmigo y se acabó convirtiendo en la única manera que tenía para hacerlo contigo.
Fue un pequeño pozo de penas y caos durante mucho tiempo, el agujero en el que lo tiraba todo, todo lo que era demasiado para contárselo a nadie de todos los que tenía a mi alrededor. Luego dejé de escribir porque era demasiado incluso para contártelo a ti.
Creo que es el momento de transformarlo en el refugio que siempre quise que fuera, y por eso, es un buen momento para hacer balance. Para desglosar las vidas que he vivido en cinco largos e intensísimos años.
He pasado por momentos tan duros que pensé que no los sobreviviría. No sé si lo hice del todo. Tengo la sensación de que como un cometa me fui despedazando con el paso del tiempo, fui perdiendo a la persona que era, y lo que salió de allí dista ya mucho de quien pensé que sería.
Recuerdo el día en que entendí que te habías ido como si fuera ayer, es uno de los recuerdos más nítidos que tengo. Recuerdo gritar, sola en casa, con las uñas en carne viva pensando que no sobreviviría. Recuerdo pensar que nada iba a doler como aquello. Tenía razón. Al menos por ahora.
Recuerdo el primer día que fui a la playa sin ti. No me había dado cuenta, pero desde que moriste no había vuelto a ir, tardé meses en volver, no sabía muy bien por qué. Lo sé ahora. Tenía que alejarme de esa playa que iba a poder conmigo cada vez que me acariciara el sonido de las olas.
Madrid me rompió en pedazos. Hubo días sola en casa que ni siquiera puedo describir. Que largas parecían las horas. Cuantas canciones tristes llegué a aprenderme de memoria. Cuantas veces saqué tu guitarra de la funda y no la pude ni tocar.
Me hicieron daño ¿sabes? Claro que lo sabes.
Intentaba ser feliz con todas mis fuerzas, la lucha que libré allí, que perdí allí, será siempre para mí lo más parecido a una guerra en la que me haya visto envuelta.
Las calles de esa ciudad me vieron llorar tantas veces que a ratos hasta me da vergüenza pensar en que cuando vuelva quizás aún me reconozcan los adoquines. Quizá sigan mojados.
Maté a un pajarito, a mi pajarito. Fue una jodida tragedia. Era todo lo que yo tenía entonces, que idiota, tenía mucho más, pero te aseguro que en aquel momento era lo que me faltaba para perder la poca fuerza que me quedaba. Volver sola a la casa después de enterrarlo es una de las sensaciones de absoluta soledad más grandes que tengo en la cabeza.
La cantidad de noches que volví a casa sola. Para dormir sola y despertarme sola a la mañana siguiente. No era el tipo de soledad que ahora me atenúa el alma. Era esa soledad que te consume, que te quita las ganas de levantarte, de comer, de vivir. Era esa soledad que te hace preguntarte si realmente importa seguir aquí. Si es relevante. Si le importa a alguien. Si me importaba a mí.
Desde que supe que estar triste era una parte de mi vida me aseguro de vivir siempre cerca de unos columpios. Es un secreto que nadie sabe. Pero son un refugio. Es como volver a los brazos de alguien que te acuna. Son el tipo de cosas que aprendes a encontrar cuando estás solo, cuando te sientes constantemente solo. Aprendes a buscar algo en el mundo que te acune porque no lo hace nadie más. Porque de vez en cuando necesitas que esto pare, joder. Aunque sea un rato. Aunque sea un momento. Pero por favor, que pare.
Tranquilo todo el mundo, hemos dicho que esto es un balance.
El premio por la tristeza más profunda es saber encontrar las cosas que hacen que la vida sea excepcional. Es saber vivir las cosas que te hacen sonreir como un milagro.
Vuelvo a la playa ahora y siempre despierta en mí algo de la libertad que llevo dentro, me devuelve las alas que ardieron en su momento.
Un día volví a casa mientras bailaba "Have you ever seen the rain" que sonaba en mis cascos. La cara de la gente era un poema. Algunos me miraban como si estuviera loca, otros como sabiendo que yo había encontrado algo. Algo que no mucha gente encuentra. Me miraban sabiendo que el que se atreve a bailar por la calle ha aprendido ya a vivir.
Madrid me enseñó a caminar por en medio de la carretera. Hay algo tan bello en eso, tan comprometido con el orgullo de seguir en este mundo. Tan coherente con ser feliz.
Recuerdo el primer porro que me fumé. No por el porro, por el momento. La primera vez que me sentí parte de una familia. De algo que era más grande que yo, de algo de lo que quería formar parte, y vaya si lo formé. Hay amigos que son excepcionales. Que lo valen todo.
He tenido charlas... Te volverías loco. He visto amanecer desde el tejado de mi casa en Lavapiés, con una mantita, dos litronas y la mejor de las compañías. He visto atardecer en Montgat, desde lo alto de una colina, con dos litronas, un cenicero lleno y una de las personas más impresionantes que caminan por la tierra. Y el que diga lo contrario se equivoca. Incluso si lo dice él.
He tenido tanta suerte con las personas a las que he conocido, que solo por eso, solo por ellos, rendirme ya sería un pecado.
He bailado como si fuera mi última noche, en las ruinas de un castillo, con Barcelona iluminada a mis pies, con el mar en el horizonte, rodeada de gente que ha entendido que vivir es esto. Que vivir es atreverse. Que vivir es salirte del camino, siempre, todos los días, a encontrar momentos.
He visto a la Raiz en concierto. Y que concierto. Los había escuchado ya, pero no entendía, no sabía, lo que podían hacerte sentir si te dejabas llevar con ellos. Si cerrabas los ojos y te imaginabas el camino que los había llevado hasta allí. A compartir eso tan grande que es la música, contigo.
He visto a Robe en concierto (casi), y he sabido que necesitaba verle alguna vez sin ese casi. Porque nadie compone como lo hace él si no has bajado al infierno y hasta vuelto para cantarlo.
Soy feliz porque he visto películas y he leído libros que me han hecho abrir los ojos a las vidas de tanta gente, que no sé como aún hay personas que se atreven a tirar la toalla o a vivir una vida mediocre con tantos héroes sin capa que siguen pegando fuerte.
He corrido delante de la policía porque nuestra sociedad no es justa, nuestra sociedad no está hecha para que seamos felices, ni libres, ni fuertes. Y alguien tiene que gritárselo a este mundo para que despierte. Hay algo tremendamente liberador en eso. Hay algo que te llena de adrenalina y euforia cada vez que gritas en alto verdades como puños. La euforia que yace en todos los que llevamos dormidos dentro un inconformista con ganas de contagiar esa sensación de "Si quieres puedes".
Y yo siempre he querido.
Siempre he tenido en alguna parte ese hambre de verlo todo, de sentirlo todo. Que solo tengo esta vida, joder. Esto sí. Esto es todo lo que tengo.
Ya no me parece tan poco.
Fue un pequeño pozo de penas y caos durante mucho tiempo, el agujero en el que lo tiraba todo, todo lo que era demasiado para contárselo a nadie de todos los que tenía a mi alrededor. Luego dejé de escribir porque era demasiado incluso para contártelo a ti.
Creo que es el momento de transformarlo en el refugio que siempre quise que fuera, y por eso, es un buen momento para hacer balance. Para desglosar las vidas que he vivido en cinco largos e intensísimos años.
He pasado por momentos tan duros que pensé que no los sobreviviría. No sé si lo hice del todo. Tengo la sensación de que como un cometa me fui despedazando con el paso del tiempo, fui perdiendo a la persona que era, y lo que salió de allí dista ya mucho de quien pensé que sería.
Recuerdo el día en que entendí que te habías ido como si fuera ayer, es uno de los recuerdos más nítidos que tengo. Recuerdo gritar, sola en casa, con las uñas en carne viva pensando que no sobreviviría. Recuerdo pensar que nada iba a doler como aquello. Tenía razón. Al menos por ahora.
Recuerdo el primer día que fui a la playa sin ti. No me había dado cuenta, pero desde que moriste no había vuelto a ir, tardé meses en volver, no sabía muy bien por qué. Lo sé ahora. Tenía que alejarme de esa playa que iba a poder conmigo cada vez que me acariciara el sonido de las olas.
Madrid me rompió en pedazos. Hubo días sola en casa que ni siquiera puedo describir. Que largas parecían las horas. Cuantas canciones tristes llegué a aprenderme de memoria. Cuantas veces saqué tu guitarra de la funda y no la pude ni tocar.
Me hicieron daño ¿sabes? Claro que lo sabes.
Intentaba ser feliz con todas mis fuerzas, la lucha que libré allí, que perdí allí, será siempre para mí lo más parecido a una guerra en la que me haya visto envuelta.
Las calles de esa ciudad me vieron llorar tantas veces que a ratos hasta me da vergüenza pensar en que cuando vuelva quizás aún me reconozcan los adoquines. Quizá sigan mojados.
Maté a un pajarito, a mi pajarito. Fue una jodida tragedia. Era todo lo que yo tenía entonces, que idiota, tenía mucho más, pero te aseguro que en aquel momento era lo que me faltaba para perder la poca fuerza que me quedaba. Volver sola a la casa después de enterrarlo es una de las sensaciones de absoluta soledad más grandes que tengo en la cabeza.
La cantidad de noches que volví a casa sola. Para dormir sola y despertarme sola a la mañana siguiente. No era el tipo de soledad que ahora me atenúa el alma. Era esa soledad que te consume, que te quita las ganas de levantarte, de comer, de vivir. Era esa soledad que te hace preguntarte si realmente importa seguir aquí. Si es relevante. Si le importa a alguien. Si me importaba a mí.
Desde que supe que estar triste era una parte de mi vida me aseguro de vivir siempre cerca de unos columpios. Es un secreto que nadie sabe. Pero son un refugio. Es como volver a los brazos de alguien que te acuna. Son el tipo de cosas que aprendes a encontrar cuando estás solo, cuando te sientes constantemente solo. Aprendes a buscar algo en el mundo que te acune porque no lo hace nadie más. Porque de vez en cuando necesitas que esto pare, joder. Aunque sea un rato. Aunque sea un momento. Pero por favor, que pare.
Tranquilo todo el mundo, hemos dicho que esto es un balance.
El premio por la tristeza más profunda es saber encontrar las cosas que hacen que la vida sea excepcional. Es saber vivir las cosas que te hacen sonreir como un milagro.
Vuelvo a la playa ahora y siempre despierta en mí algo de la libertad que llevo dentro, me devuelve las alas que ardieron en su momento.
Un día volví a casa mientras bailaba "Have you ever seen the rain" que sonaba en mis cascos. La cara de la gente era un poema. Algunos me miraban como si estuviera loca, otros como sabiendo que yo había encontrado algo. Algo que no mucha gente encuentra. Me miraban sabiendo que el que se atreve a bailar por la calle ha aprendido ya a vivir.
Madrid me enseñó a caminar por en medio de la carretera. Hay algo tan bello en eso, tan comprometido con el orgullo de seguir en este mundo. Tan coherente con ser feliz.
Recuerdo el primer porro que me fumé. No por el porro, por el momento. La primera vez que me sentí parte de una familia. De algo que era más grande que yo, de algo de lo que quería formar parte, y vaya si lo formé. Hay amigos que son excepcionales. Que lo valen todo.
He tenido charlas... Te volverías loco. He visto amanecer desde el tejado de mi casa en Lavapiés, con una mantita, dos litronas y la mejor de las compañías. He visto atardecer en Montgat, desde lo alto de una colina, con dos litronas, un cenicero lleno y una de las personas más impresionantes que caminan por la tierra. Y el que diga lo contrario se equivoca. Incluso si lo dice él.
He tenido tanta suerte con las personas a las que he conocido, que solo por eso, solo por ellos, rendirme ya sería un pecado.
He bailado como si fuera mi última noche, en las ruinas de un castillo, con Barcelona iluminada a mis pies, con el mar en el horizonte, rodeada de gente que ha entendido que vivir es esto. Que vivir es atreverse. Que vivir es salirte del camino, siempre, todos los días, a encontrar momentos.
He visto a la Raiz en concierto. Y que concierto. Los había escuchado ya, pero no entendía, no sabía, lo que podían hacerte sentir si te dejabas llevar con ellos. Si cerrabas los ojos y te imaginabas el camino que los había llevado hasta allí. A compartir eso tan grande que es la música, contigo.
He visto a Robe en concierto (casi), y he sabido que necesitaba verle alguna vez sin ese casi. Porque nadie compone como lo hace él si no has bajado al infierno y hasta vuelto para cantarlo.
Soy feliz porque he visto películas y he leído libros que me han hecho abrir los ojos a las vidas de tanta gente, que no sé como aún hay personas que se atreven a tirar la toalla o a vivir una vida mediocre con tantos héroes sin capa que siguen pegando fuerte.
He corrido delante de la policía porque nuestra sociedad no es justa, nuestra sociedad no está hecha para que seamos felices, ni libres, ni fuertes. Y alguien tiene que gritárselo a este mundo para que despierte. Hay algo tremendamente liberador en eso. Hay algo que te llena de adrenalina y euforia cada vez que gritas en alto verdades como puños. La euforia que yace en todos los que llevamos dormidos dentro un inconformista con ganas de contagiar esa sensación de "Si quieres puedes".
Y yo siempre he querido.
Siempre he tenido en alguna parte ese hambre de verlo todo, de sentirlo todo. Que solo tengo esta vida, joder. Esto sí. Esto es todo lo que tengo.
Ya no me parece tan poco.
Haz que no parezca amor
Haz que no parezca amor, que es lo que se lleva ahora.
Duelen tantas tripas en nombre de la libertad, tú dices libre y yo digo cobarde.
Cobarde todo aquel que no es capaz de comprometerse con el instante.
Cobarde todo aquel que no esté presente cuando el otro está desnudo y vulnerable. Cobarde todo aquel que puso un límite desde el principio. "Yo es que no quiero nada serio." Como si no fuera lo suficientemente serio estar dentro físicamente de otro ser humano. "Yo es que no creo en las etiquetas." Como si ponerle nombre a las cosas fuera algo malo. "Yo es que busco pasar el rato." Como si la vida fuera para siempre.
Hay algo tan neurótico en nuestra manera actual de relacionarnos.
Tan irrespetuoso con la vida. Tan impaciente.
Y queremos más: más picante, más gorda, más grandes, más altos, más guapas, más fuertes, más delgadas.
Nos aburrimos porque no nos soportamos a nosotros mismos. Porque no queremos que nadie nos conozca. Porque es más sencillo empezar de nuevo cada dos años vendiendo nuestra mejor cara. Porque es mucho más sencillo follar que limpiar lo follado. Porque tenemos miedo a que en el fondo seamos un auténtico fraude.
A que cuando el otro arañe un poco vea que no hay nada.
Nada serio.
Y aquí seguimos rascando, cambiando cromos repetidos, poniéndonos ropa interior cara para que otros se limpien los pies al entrar. Haciendo del amor una servidumbre de paso.
¿No sientes a veces que tú vales más que todo eso que haces?
Que tú eres un jodido milagro. Con tus ojos que todavía pueden ver. Con tu pies moviéndose para llevarte al lugar que quieras. Con tu boca capaz de dar las gracias. Con tu piel ocupando una plaza en el mundo.
¿No sientes a veces que tú te mereces más que lo poco que te hacen? Dos besos mal pegados. Tres minutos entre las piernas. Cinco embestidas. Y un WhatsApp: No me agobies.
Lo más triste es que esta sociedad nuestra ha conseguido invertir los papeles. Ahora si dices que sientes algo, estás loco.
Es muy pronto.
Muy arriesgado.
Poco inteligente.
Dime tú, cómo lo haces para no sentir algo cuando lo haces.
¿Cómo se finge la vida?
Cómo se hace para que nunca parezca amor.
Y que simplemente parezca un accidente.
- Roy Galan
Este es uno de esos textos que me ha acompañado muchísimo tiempo. Lleva años conmigo. Al principio cuando lo leía lloraba porque me parecía bonito, después lloraba de pena. Ahora lo hago de impotencia.
Les diremos a nuestros hijos que fuimos la generación que cruzaba la calle sin mirar, pero tenía miedo de enamorarse.
Duelen tantas tripas en nombre de la libertad, tú dices libre y yo digo cobarde.
Cobarde todo aquel que no es capaz de comprometerse con el instante.
Cobarde todo aquel que no esté presente cuando el otro está desnudo y vulnerable. Cobarde todo aquel que puso un límite desde el principio. "Yo es que no quiero nada serio." Como si no fuera lo suficientemente serio estar dentro físicamente de otro ser humano. "Yo es que no creo en las etiquetas." Como si ponerle nombre a las cosas fuera algo malo. "Yo es que busco pasar el rato." Como si la vida fuera para siempre.
Hay algo tan neurótico en nuestra manera actual de relacionarnos.
Tan irrespetuoso con la vida. Tan impaciente.
Y queremos más: más picante, más gorda, más grandes, más altos, más guapas, más fuertes, más delgadas.
Nos aburrimos porque no nos soportamos a nosotros mismos. Porque no queremos que nadie nos conozca. Porque es más sencillo empezar de nuevo cada dos años vendiendo nuestra mejor cara. Porque es mucho más sencillo follar que limpiar lo follado. Porque tenemos miedo a que en el fondo seamos un auténtico fraude.
A que cuando el otro arañe un poco vea que no hay nada.
Nada serio.
Y aquí seguimos rascando, cambiando cromos repetidos, poniéndonos ropa interior cara para que otros se limpien los pies al entrar. Haciendo del amor una servidumbre de paso.
¿No sientes a veces que tú vales más que todo eso que haces?
Que tú eres un jodido milagro. Con tus ojos que todavía pueden ver. Con tu pies moviéndose para llevarte al lugar que quieras. Con tu boca capaz de dar las gracias. Con tu piel ocupando una plaza en el mundo.
¿No sientes a veces que tú te mereces más que lo poco que te hacen? Dos besos mal pegados. Tres minutos entre las piernas. Cinco embestidas. Y un WhatsApp: No me agobies.
Lo más triste es que esta sociedad nuestra ha conseguido invertir los papeles. Ahora si dices que sientes algo, estás loco.
Es muy pronto.
Muy arriesgado.
Poco inteligente.
Dime tú, cómo lo haces para no sentir algo cuando lo haces.
¿Cómo se finge la vida?
Cómo se hace para que nunca parezca amor.
Y que simplemente parezca un accidente.
- Roy Galan
Este es uno de esos textos que me ha acompañado muchísimo tiempo. Lleva años conmigo. Al principio cuando lo leía lloraba porque me parecía bonito, después lloraba de pena. Ahora lo hago de impotencia.
Les diremos a nuestros hijos que fuimos la generación que cruzaba la calle sin mirar, pero tenía miedo de enamorarse.
martes, 17 de septiembre de 2019
Hay gente.
Hay gente que en la cama quiere hacer el amor. Y llenarse las manos con la suavidad del otro, besarse los párpados y respirarse los miedos.
Hay gente que tiene el sexo convencional de una luna de miel en París. Nada va demasiado deprisa, se visten de porno pero nadie les cree y la luz de las velas hace romántica sus ganas de verse desnudos.
Hay gente que folla. Que le pone ganas al orgasmo, que podrá no ser bonito. Pero llegarse se llega.
Hay gente que folla como en las pelis. Que se esfuerza y te sorprendes y lo disfrutas, y quieres repetir, porque joder. Hoy en día...
Y luego está la gente que folla como animales. Que te saca de tu cuerpo, te devora desde dentro, te busca, te encuentra y te enseña los dientes. Solo por aclarar.
De esa gente que miras al techo, con los ojos en blanco, temblando, confundiendo tu sudor con su sangre y tus venas con sus cuerdas y piensas "Ah joder. Era esto."
El ritmo el del punk, el orgasmo en las heridas y las manos en la sangre.
¿Qué pasa con esta gente? ¿Qué tendrán tan adictivo, tan eléctrico, tan iridiscente?
Tiene tanto valor acariciar a una bestia mientras duerme. Tiene tanto poder el que goza el privilegio de tumbarse a su lado.
Con la espalda en carne viva, las muñecas arañadas, el cuello amoratado y las piernas ni se sabe. Pero ahí, entre tus brazos, suspirando.
La fiera.
Hay gente que tiene el sexo convencional de una luna de miel en París. Nada va demasiado deprisa, se visten de porno pero nadie les cree y la luz de las velas hace romántica sus ganas de verse desnudos.
Hay gente que folla. Que le pone ganas al orgasmo, que podrá no ser bonito. Pero llegarse se llega.
Hay gente que folla como en las pelis. Que se esfuerza y te sorprendes y lo disfrutas, y quieres repetir, porque joder. Hoy en día...
Y luego está la gente que folla como animales. Que te saca de tu cuerpo, te devora desde dentro, te busca, te encuentra y te enseña los dientes. Solo por aclarar.
De esa gente que miras al techo, con los ojos en blanco, temblando, confundiendo tu sudor con su sangre y tus venas con sus cuerdas y piensas "Ah joder. Era esto."
El ritmo el del punk, el orgasmo en las heridas y las manos en la sangre.
¿Qué pasa con esta gente? ¿Qué tendrán tan adictivo, tan eléctrico, tan iridiscente?
Tiene tanto valor acariciar a una bestia mientras duerme. Tiene tanto poder el que goza el privilegio de tumbarse a su lado.
Con la espalda en carne viva, las muñecas arañadas, el cuello amoratado y las piernas ni se sabe. Pero ahí, entre tus brazos, suspirando.
La fiera.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

