domingo, 4 de junio de 2023

Un tiro al aire

 Nos hemos cruzado siete infiernos ida y vuelta y pese a todo seguía sin entenderlo.

No entendía por qué no funcionaba.

Pero hoy tras escribirte una carta mucho más sanguinaria que esta, lo he entendido.

Esta semana cada mensaje que me enviabas, cada like tuyo que recibía pese a haberte pedido espacio me convertía en una berserker. Una máquina de matar, un fuego que no apagarían nueve tormentas. Necesitaba arrancarte la piel a tiras y al mismo tiempo era consciente de que lo que más me ha dolido de toda esta historia ha sido cada una de las veces que me he pasado de agresiva  al defenderme y he terminado haciéndote daño.

Por eso me costaba poner límites, porque tengo un miedo atroz a mi capacidad para dolerle a los demás y no darles lo que quieren. En parte porque no quiero doler, y en parte porque no quería que se marcharan.

Pero hoy que la única persona que no quiero que se marche soy yo misma. Hoy solo me duele dolerte. Y por eso me cuesta defenderme cada vez que cruzas el límite que te he marcado durante toda la semana. Pero no defenderme cuando pasas ese límite es volver a dejar de quererme.

Y por eso hoy, después de mirar Instagram y volver a ver tu nombre recordándome por enésima vez que no te vas, que no te quieres ir, que no vas a aceptar un "no" he tomado una decisión.

Esto se acabó.

Y como te conozco y sé que ya estarás negando con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas y tratando de buscar con todas tus fuerzas la forma en que puedas comunicarte conmigo, voy a explicarte algo.

Llevo desde que volví a ser yo reconstruyéndome de las cenizas que quedaron de tu incendio. Y mi compromiso con esto que soy, con mi paz y mi bienestar es más grande que tu y que yo y que nosotros.

Es más grande que cualquier vínculo.

Y nada ni nadie lo puede volver a amenazar. No va a volverme a pasar. ¿Y sabes qué? Quiero lo mismo para ti. Y por eso yo me alejo y tu te acercas. Porque no queremos lo mismo. Ni para nosotros mismos, ni para el otro.

A ti te mueve el vértigo de perderme y a mi la esperanza de encontrarme.

Tampoco somos lo mismo.

Así que como canta Samuraï, creo que solo voy a lanzar un disparo, un tiro al aire.

Me enseñaste que dentro de mí había durmiendo una guerrera desde hacía mucho tiempo. Me pusiste contra las cuerdas tantas veces que al final no le quedó otra que salir a pegar puñetazos.

La resucitaste.

Y al principio iba perdida y estaba desarmada y desubicada, pero con el tiempo empezó a ganar terreno hasta que al final te ganó la partida.

Esa guerrera que me recordaste que era vive en la cresta de la gran muralla que me separa de ti. Y cada vez que apareces con un nuevo caballo de Troya ella se levanta y carga el arco con una sola bandera que dice "No volverás a pasar".

Fuiste tú quien me enseñó a defenderme de ti. Conozco todas tus caras, todas tus promesas, todos tus gestos, todos tus tientos y conozco al mártir que vive tras ellos.

Y estoy cansada de dejar de cuidar de mí para poder cuidar de ti. Pero sobre todo. Sobre todo, estoy cansada de que me lo pidas.

Estoy cansada de que en tu barra de medir nunca haya un tope para el dolor que eres capaz de provocarme. Para la sepultura a la que eres capaz de arrojarme, sin miramientos todas y cada una de las veces que la vida te duele.

Estoy cansada de tener que hacerme cargo de los dos porque tu no puedas hacerte cargo de ti.

Así que cada vez que te nazcan unas incontrolables ganas de buscarme pregúntate "¿No nos hemos hecho ya bastante daño?" "¿No he demandado ya suficiente?"

Si la respuesta es "No" no mereces buscarme y si es "Sí" entenderás que no debes hacerlo.

Espero que un día nuestro bienestar y el tuyo te pese más que tu capricho.

Espero que un día te mires y veas que puedes ser más que los ojos derrotados con los que ves el mundo.

Espero que un día eches la vista atrás y nos veas como algo de lo que aprendiste y entiendas que no fui yo quien te enseñó que en la vida hay magia, sino que fuiste tú levantándote de una guerra que derrumbó tus cimientos hasta que tuviste que construir unos nuevos.

Y espero que algún día esos nuevos cimientos te lleven lejos. Tan lejos que ya no quieras escuchar mis pasos al lado de los tuyos. Tan lejos que tus días ya no te recuerden a los nuestros.

Y ojalá algún día, cuando esta historia sea recuerdo y nuestras vidas ya no pesen en los hombros del otro seamos capaces de coincidir sin necesidad de herirnos.

Hasta entonces.

Que los días sean cortos y que el tiempo te sorprenda con nuevas guerras y victorias.

Que encuentres el camino entre la espesura y que al final haya el amor que tanto persigues.

Que lamas tus heridas y renazcas tan fuerte que acabes perdonando lo que fuiste.

Y que volvamos a vernos cuando ya no seamos los mismos.



Las aguas de Marte

 Esta carta ha sido reprimida durante mucho tiempo.

Por una especie de rechazo a ser la persona que la escribe. Pero con el tiempo he comprendido que me la merezco y tú también te la mereces.

Así que allá va. Sin reparo ni vaselina.

No sé si tienes la más remota idea de la persona que soy. Pero sinceramente, te veo como un niño que utiliza un lápiz para hacer agujeros en su plastilina, sin ser capaz siquiera de ver que tiene algo con lo que dibujar.

Cuando nos conocimos pensé que eras algo que nunca has sido. Pensé que eras alguien profundamente alegre que miraba la vida como un reto y estaba deseoso de lanzarse al ruedo contra viento y marea.

Todo parecido con la realidad no es más que una sarcástica coincidencia.

Me he enfadado muchas veces contigo, algunas más que otras, pero más que nada, siempre que me has dolido me he enfadado profundamente conmigo. Y esta carta es para contarte los motivos.

Me enfadé conmigo cuando entendí que compartir videojuegos contigo era resignarme a la pelea constante. Era estar permanentemente alerta para que no estallaras y para hincharte el ego siempre que fuera posible. Yo contigo no jugaba a nada, solo te ayudaba a jugar a ti. Me enfadé porque me pareció un precio razonable por estar contigo.

Me enfadé conmigo cuando en medio de un polvo me dijiste que tenía que bajar de peso. Me enfadé porque a pesar de que era alguien como tu quien me lo decía me quería tan poco que me lo creí. Y tuvo consecuencias y empecé a comer menos de lo que quería comer y a mirar cuanto engordaba esto o lo otro. Me llamaste gorda y te di la razón y me enfadé de nuevo conmigo.

Me enfadé conmigo cuando salíamos de fiesta y me esquivabas. Cada vez que fingías que no me conocías o que no éramos nada. Todas las veces que me trataste como el polvo de entre semanas. Todas las veces que me dijiste que estaba loca por pensar que no te importaba. Todas esas veces creí que estaba loca, y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando te permití okupar mi casa. Cuando empezaron a surgir conflictos en mi hogar, cuando no dabas un puto palo al agua y yo te tenía que hacer de madre. De madre de un niñato que ni siquiera es capaz de fregar el plato en el que ha comido. No te eché ni te levanté la voz, ni te puse límites, y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando te desvivías por cualquier mujer excepto por mí. Cuando me pediste que abriéramos la relación y quedó claro que estabas dispuesto a conquistar y a ganarte el cariño de otras, aunque te importara tres huevos el mío. Me enfadé conmigo por querer estar con alguien que me valoraba menos que a un polvo de una noche.

Me enfadé conmigo cuando empezaste a costarme dinero. Mucho dinero. Y dejé que me lo costaras, y durante año y medio no me importó mi futuro ni mi estabilidad. Solo me importó tu presente. Y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando empezaste a costarme cordura. Cuando estar contigo era sinónimo de ansiedad. Ansiedad que ni entendías, ni te interesaba, ni respetabas, ni te importaba más que pegar cuatro gritos en el lol. Absolutamente cualquier cosa te importaba más que mi ansiedad, y pese a todo en vez de alejarme de ese monstruo lo sentí herido y me quedé con él. Y por eso me enfadé conmigo.

Me enfadé conmigo cuando me di cuenta de que no me deseabas. Jamás había sentido eso. Jamás había estado con un hombre que no quisiera acostarse conmigo o darme placer. Y en vez de entender que estabas tan ciego que ni siquiera podías ver a la mujer que tenías delante lo que hice fue decirme a mi misma que yo no era alguien deseable. Y por eso me enfadé conmigo.

Básicamente y para que el asunto quede claro, me enfadé contigo por ser un crío mimado y resentido, por ser irresponsable, agresivo, inconsecuente, vago, inestable, inconstante, de mente pequeña y cerrada, ególatra e intolerante.

Pero sobretodo me enfadé conmigo por quedarme con eso. Por querer bajo cualquier circunstancia quedarme con eso. Porque ¿quién coño sería yo si quisiera quedarme con eso? ¿Quién coño era yo cuando quería quedarme con eso? Nadie. Nadie grande al menos. Nadie merecedor de nada más que lo que tenía.

Y ser eso. Ser nadie a tu lado durante tanto tiempo me hizo mirarme con ojos de mártir y de derrota. Me hizo sentir que no había nada que yo pudiera lograr. Porque ¿Qué voy a lograr si ni siquiera consigo que alguien así me vea? 

Hoy entiendo que esa no era la reflexión correcta.

No eras tú quien me mantenía presa. Presa me hice yo. Yo me conté la historia de que merecía eso. De que me merecía a alguien como tú. Y eso me convirtió en nadie. Porque nadie que merezca a alguien como tú será nunca nada grande. Jamás.

Y hoy que ya soy alguien me sigue mortificando tu dolor. Me sigue naciendo cuidarte y sostenerte en tu insolencia. A veces aún pienso si no habrá algo ahí adentro que no acabe por hacerte brillar.

Pero al fin la perspectiva, el tedio, y esta piedra con la que ya he tropezado doscientas veces me traen algo de claridad en esta larga historia de sombras.

No es mi responsabilidad que tú brilles. No soy joyera, no es mi trabajo coger una roca y transformarla en diamante. Yo no he venido a este mundo a hacerte brillar a ti ni a dejar que tu me consumas.

He venido a encontrarme personas como tú y a brillar de todos modos. A dejaros atrás. A aprender que ahí nunca será. Ahí donde duele y te sientes pequeña nunca será.

Y cuando entendí eso me empecé a preguntar "Si quitas la química ¿Qué motivos te quedan para querer estar a su lado?"

Y me di cuenta de que quizá ya no hay ninguno.