jueves, 31 de julio de 2014

Cartas desde el invierno 06



Ayer me dijeron algo que me recordó a ti. Me dijeron algo como “Pero yo te quiero”, y entonces me acordé. Tal vez tu ya lo hayas olvidado, fue hace muchísimo tiempo, pero un día estábamos dando una vuelta por la playa, supongo que sobre esta misma hora, hablando de cualquier cosa, hasta que como siempre la conversación tomó un ritmo más serio. Concluiste esa conversación diciéndome “Ojalá bastara con amar”.

Puede que después de ese día tu olvidaras aquella frase, pero a mi me ha perseguido mucho tiempo. Cada vez que perdía algo “Lo quiero tanto, lo necesito tanto… ojalá amar fuera suficiente para que algo fuera tuyo”.

Ha llovido mucho desde entonces. Y me he repetido esa frase en mi cabeza muchísimas veces, pero con poquísimas cosas. Supongo que solo con las que eran más dolorosas de dejar marchar, o era más duro entender que no me pertenecerían nunca. Aún hoy me la sigo repitiendo. 
 Acabo llorando siempre que lo hago, creo que es algo que me ata a la tierra, que me hace ser consciente de las cosas. Es lo único que tiene la decencia de decirme a la cara “Nunca será suficiente”.
Y de verdad que agradezco esa sinceridad, pero hay veces que duele demasiado.

Duele demasiado darme cuenta de que yo todavía sigo esperando.

miércoles, 16 de julio de 2014

The fault in our stars



It's just another night and I'm staring at the moon.
I saw a shooting star and
thought of you.
I sang a
lullaby by the waterside and knew, if you were here I'd sing to you.
You're on the other side as the skyline splits in two.
I'm miles away from seeing you
I can see the stars from America.
I wonder,
do you see them, too?


sábado, 12 de julio de 2014

12/07/2014



Me enseñaron la vergüenza.
Me enseñaron a avergonzarme de mi cuerpo, de mis actos, de mis pensamientos.
Me enseñaron que lo que pienso es absurdo, que lo que hago es ridículo, que lo que deseo es sucio.
Y aprendí a no decir lo que pensaba, por vergüenza de que alguien a mi alrededor pensara algo mejor.
Y aprendí a no hacer lo que me apetecía, por vergüenza de que alguien a mi alrededor creyera que era inoportuno.
Y aprendí a no perseguir lo que deseaba, por vergüenza de que alguien a mi alrededor opinara que era inapropiado.
No contenta con someterme a la mirada externa, me plegué también a la vergüenza ajena.
Y aprendí a preguntarle a la vergüenza cómo vestirme, no vaya a ser que alguien pensara que voy buscando gustar, destacar. Y aprendí a escuchar a la vergüenza al desnudarme, no vaya a ser que me sintiera cómoda en mi cuerpo, y me acostumbrara a enseñar(me)lo sin miedo. Y aprendí a consultar con la vergüenza antes de abrir la boca, no vaya a ser que dijera sin filtro lo que me pasa por la cabeza, y se enterara la gente.
Y dejé de bailar, de reír a carcajadas, de rascarme el culo, de preguntar lo que no entiendo, de opinar lo que pienso, de compartir lo que siento, de pedir ayuda, de ponerme faldas, de ir a la playa, de comer o llorar en la calle, de ir sin sujetador, de pintarme, de salir sin pintar, de bajar a la calle despeinada, de usar esa ropa que dicen que no me pega nada, de llamar a quien echo de menos, de tomar la iniciativa, de decir que no, de decir que sí, de quejarme, de vanagloriarme, de estar orgullosa, de admitir que estoy asustada.
Y, a base de sentirme cada día más avergonzada, entendí que mi vergüenza nunca iba a sentirse saciada. Que toda la vida iba a imponerse entre yo y mi representante impostada. Así que busqué a mi sinvergüenza interna. Y le costó salir un poco, le daba vergüenza. Pero acabó sacándome a bailar, haciéndome dúo al cantar, saliendo conmigo a la calle con la cara sin lavar, animándome a hablar, a ignorar las cosas que me deberían avergonzar...
Y ahora no tengo tiempo para sentir vergüenza. Estoy ocupada viviendo.



12/07/2014

Perdonadme. Por todo. Por lo que hago y por lo que no he hecho.
Pido perdón por no poder con todo. Pido perdón por quejarme de que me lo pidas todo. Por prometerte que iba a hacerlo todo.
Pido perdón por no desearte, aunque tú me desees. Por no desearte siempre que tú me deseas. Pido perdón por desearte. Sobre todo si tú no me deseas.
Pido perdón por cuidarte. Porque te he cobrado en chantajes y demandas las horas y atenciones dedicadas. Pido perdón por no cuidarte lo suficiente. Por haber pensado algún día en mí misma, por haberme centrado alguna vez en mí misma, por haberme visto de vez en cuando a mí misma...
Pido perdón por no ser como las que te gustan. Pido perdón porque -a veces- me gustaría ser como las que te gustan. Pido perdón por el tiempo, el dinero y el miedo invertidos en fracasar tratando de ser como las que te gustan.
Pido perdón por trabajar por dinero. Pido perdón por no ganar suficiente dinero, por ganar más dinero que tú, por no atreverme a pedir lo que me gano, por querer ganar lo que me merezco.
Pido perdón por no ser el remanso de paz que buscas al salir del metro. Pido perdón por no ser la aventura que buscas al salir del pueblo. Pido perdón por buscar la seguridad. Pido perdón por buscar la emoción de la incertidumbre. Por no ser ni tu paz, ni tu aventura, ni tu seguridad, ni tu emoción, ni tu incertidumbre.
Pido perdón por no ser ni mi paz, ni mi aventura, ni mi seguridad, ni mi emoción, ni mi incertidumbre.
Pido perdón por pedir, todo el tiempo, perdón.
Así, se me van acabando los perdones por pedir. Sólo me quedan perdones para dar. Por pedírmelo todo, por manejar mi deseo, por esperar que os cuide, por obligarme a que os guste, por espantarme el dinero, por imponerme la paz y -a la vez- el meneo...
Pero nadie me los pide.
Sólo tengo un perdón cubierto. El mío. El perdón que me debo. Por ser como soy, por empezar a creérmelo, por no pretender entenderlo, por no querer lo que no puedo, por poder lo que quiero.
Vamos, que me perdono todo lo que puedo. Y hasta lo que no puedo.