Esto que estoy a punto de hacer, lleva siendo pospuesto mucho tiempo.
No he tenido la fuerza, ni las ganas, ni el coraje de hacerlo antes.
Pero hoy me siento valiente. Así que allá va.
Salva. Mi niño perdido, mi sol, mi condena. El gran titán de mi vida.
Hoy he venido a despedirme. Y no te haces una idea de cuanto me ha costado poder hacerlo.
El día que te conocí mi vida se desbarató. Para bien y para mal.
Me enseñaste tantas cosas, me abriste tantas puertas. Eras tan grande que nunca fui capaz de sostenerte.
Quererte me hizo polvo. Me convertí en el perro cabizbajo que no sabe que lo han abandonado, ese del que habla Tejerina.
Cuando te conocí abracé el camino del guerrero por primera vez en mi vida. Abracé el proceso eterno de la lucha para lograr mi objetivo, y ese objetivo, durante mucho, mucho tiempo, fue el de estar a tu lado.
Lo sé, era un objetivo mediocre, pero es que yo era un poco mediocre cuando te conocí, Salva. Era joven, estaba triste, quería que alguien me salvara y yo no estaba lista para ser valiente por mi misma. Pero si lo estaba para ser valiente por ti.
Y lo fui, Salva. Lo fui y me caí muchas veces, y me hice mucho daño. Más del que pensé jamás que podría soportar.
Y en ese camino me perdí. Me perdí buscándote, pero sobretodo, me perdí buscando aquello que alguna vez sentí contigo. Buscando aquella casa que contigo construí. La del tragaluz, la piscina y el biombo.
La casa que nos vivió.
Dios mío, no sabes cuanto la echo de menos, Salva. No sabes cuanto nos echo de menos.
Pensé que siempre serías tú. Siempre, hasta el final.
Me costó mucho tiempo darme cuenta de que aquella persona a la que conocí y de la que me enamoré como si me fuera la vida en ello ya no era la misma que tenía delante. Fue muy tedioso, muy frustrante, muy doloroso.
Fuiste mi primera gran guerra.
Y perderte fue el segundo gran duelo de mi vida.
Y no hablo de perderte como pareja. Hablo de perderte como expectativa, como referente, como orgullo, como camino compartido, como amigo. Como mi persona favorita en el mundo entero.
Perderte me dejó vacía. Pero perderte me permitió llenarme de mí.
Y no sabes como te agradezco el inmenso crecimiento que nació de quien fuiste y de tu pérdida.
Gracias a haberte conocido y a haberte perdido tengo el inmenso privilegio de ser quien soy.
Porque quien soy no lo sería contigo, ni siquiera si tu fueras aún quien fuiste. Ni aunque siguieras siendo ese titán, ni aunque siguiera saltándome el corazón del pecho cuando entras por la puerta, ni aunque yo hubiera conseguido ese maldito Leviatán con el que abordarte del que habla Gata Catana.
Aún con todo eso, yo no sería yo.
Me gusta pensar que en otro lugar, en otra vida, en otra Madrid, tu y yo lo logramos. Y vivimos aún en Lavapies, bajamos a las Fatis dos de cada tres tardes, nos leemos libros en voz alta en el Retiro, bebemos cerveza escuchando el Pinkpop de Passenger y supimos encontrar la paz en el desorden del otro.
Pero en esta vida no.
En esta no.
Joder, pero cuanto lo quise.
Cuántísimo lo quise.
Cuantísimo te quise.
Pero en esta vida no.
Te seguiré viendo siempre en la puerta del Reyla. Te escucharé en cada maldita canción de White Buffalo, y de Volbeat, y de Passenger y por dios, cada maldita vez que suene Semilla en la Tierra.
Quizá por eso dejé de beber cerveza, para dejar de verte en todas las Xibecas.
Pero aunque te siga viendo y escuchando, y aunque te eche de menos y tu ausencia se sienta como un bloque gigante de alquitrán en el estómago, me seguiré escogiendo a mí.
Todas las veces.
Todas y cada una de las veces que me duelas, me escogeré a mí.
Y de esa decisión nace esta despedida.
Este último dolor que tú me causas, y estos últimos versos que yo te escribo.
No esperaba tantas referencias a la poesía, pero bueno, después de todo siempre fuiste un poco eso ¿no?
A pesar de todo, fuiste un gran maestro y muchas veces un gran amigo.
Que tengas buen Camino, Salva, Nir, Mirlo, Chalva.
Y que el brillo de tus hojas nunca se apague.
Adiós.
No hay comentarios:
Publicar un comentario