viernes, 25 de octubre de 2019

Balance

Empecé este blog para hablar conmigo y se acabó convirtiendo en la única manera que tenía para hacerlo contigo.
Fue un pequeño pozo de penas y caos durante mucho tiempo, el agujero en el que lo tiraba todo, todo lo que era demasiado para contárselo a nadie de todos los que tenía a mi alrededor. Luego dejé de escribir porque era demasiado incluso para contártelo a ti.

Creo que es el momento de transformarlo en el refugio que siempre quise que fuera, y por eso, es un buen momento para hacer balance. Para desglosar las vidas que he vivido en cinco largos e intensísimos años.

He pasado por momentos tan duros que pensé que no los sobreviviría. No sé si lo hice del todo. Tengo la sensación de que como un cometa me fui despedazando con el paso del tiempo, fui perdiendo a la persona que era, y lo que salió de allí dista ya mucho de quien pensé que sería.
Recuerdo el día en que entendí que te habías ido como si fuera ayer, es uno de los recuerdos más nítidos que tengo. Recuerdo gritar, sola en casa, con las uñas en carne viva pensando que no sobreviviría. Recuerdo pensar que nada iba a doler como aquello. Tenía razón. Al menos por ahora.
Recuerdo el primer día que fui a la playa sin ti. No me había dado cuenta, pero desde que moriste no había vuelto a ir, tardé meses en volver, no sabía muy bien por qué. Lo sé ahora. Tenía que alejarme de esa playa que iba a poder conmigo cada vez que me acariciara el sonido de las olas.
Madrid me rompió en pedazos. Hubo días sola en casa que ni siquiera puedo describir. Que largas parecían las horas. Cuantas canciones tristes llegué a aprenderme de memoria. Cuantas veces saqué tu guitarra de la funda y no la pude ni tocar.
Me hicieron daño ¿sabes? Claro que lo sabes.
Intentaba ser feliz con todas mis fuerzas, la lucha que libré allí, que perdí allí, será siempre para mí lo más parecido a una guerra en la que me haya visto envuelta.
Las calles de esa ciudad me vieron llorar tantas veces que a ratos hasta me da vergüenza pensar en que cuando vuelva quizás aún me reconozcan los adoquines. Quizá sigan mojados.
Maté a un pajarito, a mi pajarito. Fue una jodida tragedia. Era todo lo que yo tenía entonces, que idiota, tenía mucho más, pero te aseguro que en aquel momento era lo que me faltaba para perder la poca fuerza que me quedaba. Volver sola a la casa después de enterrarlo es una de las sensaciones de absoluta soledad más grandes que tengo en la cabeza.
La cantidad de noches que volví a casa sola. Para dormir sola y despertarme sola a la mañana siguiente. No era el tipo de soledad que ahora me atenúa el alma. Era esa soledad que te consume, que te quita las ganas de levantarte, de comer, de vivir. Era esa soledad que te hace preguntarte si realmente importa seguir aquí. Si es relevante. Si le importa a alguien. Si me importaba a mí.
Desde que supe que estar triste era una parte de mi vida me aseguro de vivir siempre cerca de unos columpios. Es un secreto que nadie sabe. Pero son un refugio. Es como volver a los brazos de alguien que te acuna. Son el tipo de cosas que aprendes a encontrar cuando estás solo, cuando te sientes constantemente solo. Aprendes a buscar algo en el mundo que te acune porque no lo hace nadie más. Porque de vez en cuando necesitas que esto pare, joder. Aunque sea un rato. Aunque sea un momento. Pero por favor, que pare.

Tranquilo todo el mundo, hemos dicho que esto es un balance.

El premio por la tristeza más profunda es saber encontrar las cosas que hacen que la vida sea excepcional. Es saber vivir las cosas que te hacen sonreir como un milagro.
Vuelvo a la playa ahora y siempre despierta en mí algo de la libertad que llevo dentro, me devuelve las alas que ardieron en su momento.
Un día volví a casa mientras bailaba "Have you ever seen the rain" que sonaba en mis cascos. La cara de la gente era un poema. Algunos me miraban como si estuviera loca, otros como sabiendo que yo había encontrado algo. Algo que no mucha gente encuentra. Me miraban sabiendo que el que se atreve a bailar por la calle ha aprendido ya a vivir.
Madrid me enseñó a caminar por en medio de la carretera. Hay algo tan bello en eso, tan comprometido con el orgullo de seguir en este mundo. Tan coherente con ser feliz.
Recuerdo el primer porro que me fumé. No por el porro, por el momento. La primera vez que me sentí parte de una familia. De algo que era más grande que yo, de algo de lo que quería formar parte, y vaya si lo formé. Hay amigos que son excepcionales. Que lo valen todo.
He tenido charlas... Te volverías loco. He visto amanecer desde el tejado de mi casa en Lavapiés, con una mantita, dos litronas y la mejor de las compañías. He visto atardecer en Montgat, desde lo alto de una colina, con dos litronas, un cenicero lleno y una de las personas más impresionantes que caminan por la tierra. Y el que diga lo contrario se equivoca. Incluso si lo dice él.
He tenido tanta suerte con las personas a las que he conocido, que solo por eso, solo por ellos, rendirme ya sería un pecado.
He bailado como si fuera mi última noche, en las ruinas de un castillo, con Barcelona iluminada a mis pies, con el mar en el horizonte, rodeada de gente que ha entendido que vivir es esto. Que vivir es atreverse. Que vivir es salirte del camino, siempre, todos los días, a encontrar momentos.
He visto a la Raiz en concierto. Y que concierto. Los había escuchado ya, pero no entendía, no sabía, lo que podían hacerte sentir si te dejabas llevar con ellos. Si cerrabas los ojos y te imaginabas el camino que los había llevado hasta allí. A compartir eso tan grande que es la música, contigo.
He visto a Robe en concierto (casi), y he sabido que necesitaba verle alguna vez sin ese casi. Porque nadie compone como lo hace él si no has bajado al infierno y hasta vuelto para cantarlo.
Soy feliz porque he visto películas y he leído libros que me han hecho abrir los ojos a las vidas de tanta gente, que no sé como aún hay personas que se atreven a tirar la toalla o a vivir una vida mediocre con tantos héroes sin capa que siguen pegando fuerte.
He corrido delante de la policía porque nuestra sociedad no es justa, nuestra sociedad no está hecha para que seamos felices, ni libres, ni fuertes. Y alguien tiene que gritárselo a este mundo para que despierte. Hay algo tremendamente liberador en eso. Hay algo que te llena de adrenalina y euforia cada vez que gritas en alto verdades como puños. La euforia que yace en todos los que llevamos dormidos dentro un inconformista  con ganas de contagiar esa sensación de "Si quieres puedes".
Y yo siempre he querido.
Siempre he tenido en alguna parte ese hambre de verlo todo, de sentirlo todo. Que solo tengo esta vida, joder. Esto sí. Esto es todo lo que tengo.

Ya no me parece tan poco.


No hay comentarios:

Publicar un comentario