Nos lo ponemos difícil a propósito. Estar bien es un estado que se consigue y se mantiene, la felicidad no, la felicidad es otra cosa. Cambiamos constantemente, o peor, queremos cambiar constantemente y no lo hacemos. Nunca estamos del todo contentos con lo que estamos haciendo, ni con donde estamos, ni con quien. Es impresionante lo narcisistas que somos. Como constantemente nos movemos como si se nos debiese algo. Como si pudiéramos aspirar a algo mejor. "Mi trabajo está bien, pero podría pedir un aumento", "Mi piso mola pero ojalá tuviera parquet", "Mi novia me encanta pero si le gustara Star Wars ya sería la ostia".
¿Tú te acuerdas de la última vez que estabas a gusto con tu vida? ¿Satisfecho? ¿Recuerdas una sensación de plenitud? Porque no sé si es que yo soy rara con esto, no lo creo, pero me parece que nadie tiene los huevos últimamente de darse cuenta de lo que tiene.
Nos pasamos la vida echando de menos fantasmas que nos cosen los sueños por la noche porque cuando se hace de día todo nos parece menos. El café sabe peor ahora que hace unos años.
Es como que solo nos quedan nuestras aspiraciones. Nada demasiado cercano, que quede todo lo más lejos posible, asegurémonos de no alcanzarlo, no sea que cuando lo toquemos con los dedos ya no nos parezca suficiente.
Todo esto venía porque hace unos días en el trabajo un compañero decía que otro de los que trabaja con nosotros fingía su felicidad. Que debía ser una máscara, un papel, porque nadie es así de feliz todo el tiempo.
Pensé que tenía razón. Y durante los siguientes días pensé en por qué la tenía.
Para empezar la tiene porque tengo la teoría de que nadie es constantemente feliz. Se es feliz un tiempo, la felicidad es algo que se persigue constantemente. La felicidad son las metas que nos ponemos. ¿Así que por qué ponérnoslo tan difícil? ¿Por qué ser inconformistas?
Acabamos siéndolo tanto que al final nuestras metas ni siquiera son reales. Nos acostumbramos al "Ya llegará".
Nos damos cuenta de que éramos felices más tarde. Cuando el momento ya ha pasado.
Y no aprendemos de ello. Es impresionante. Pensamos "La próxima vez me daré cuenta y lo disfrutaré". Eso en el remoto caso de que alguien haya pensado tanto como para darse cuenta de lo enfermos que estamos.
Quiero pensar que empiezo a hacerlo un poco. Que empiezo a ver esos momentos cuando los vivo pero la espina sigue ahí. Siempre podría estar mejor.
Me he dado cuenta hoy porque había quedado con alguien con quien ni siquiera me apetecía mucho quedar, pero cuando lo ha cancelado la tarde se me ha puesto gris. Ya no era una tarde tan buena, y eso que antes ni siquiera lo era, era normal. Pero de repente. Es gris.
Y de haber quedado me habría dado igual después, no lo habría valorado ni lo más mínimo, me habría ido a dormir como si todo fuera normal.
No valoramos nada de lo que tenemos. Y si lo hacemos, aunque sea un momento nos atormenta nuestro conformismo. Nos atormenta cada puto día, hasta que lo mandamos a la mierda y nos ponemos a otra cosa "No era tan feliz, no valía la pena".
Todo vale la puta pena. Todo lo que nos saca una sonrisa en una tarde que podría ser una tarde gris vale la pena. Vale la pena luchar por ello, vale la pena quedarnos con ello hasta que no nos quede tiempo.
Porque todo lo que tenemos es tiempo.
Y no tenemos tanto como para desperdiciarlo en cosas que ni existen, ni llegan, ni nos llenan nunca.
Me di cuenta acunando a un gato dos horas seguidas sin hacer nada más que eso y llorar de felicidad.
Basta ya de pasarnos por alto la vida.
Basta ya.
No hay comentarios:
Publicar un comentario