El otro día un amigo nos compartió un pensamiento. Nos preguntó "¿Nunca habéis tenido a alguien en la cama durmiendo y habéis pensado "Qué habrá visto esta diosa en mí"?" Y no tardé ni medio segundo en decirle que no. Que nunca me he empequeñecido por el amor o la decisión de una persona que me escoja. Que igual de grande que es ella por respirar lo eres tú por merecer que lo haga a tu lado. Que el amor se gana, se lucha, se protege y se cuida. No puedes querer a alguien enorme si te piensas pequeño. "¡Que grande es mi Ana!" Me dijo.
Y ahora dándole vueltas, me doy cuenta de que no es una cuestión de grandeza. Es una cuestión de saber reflejarte en los ojos del otro, de atreverte a estar desnudo. Desnudo del todo.
La gente cuando crece lleva una mochila de relaciones fallidas, de desamores, de traiciones y horas dedicadas y perdidas en la gente equivocada. A mí eso no me pasa.
Yo siempre he sido un poco viaje por carretera. Siempre he sido esa persona que va en una caravana recorriendo el mundo y maravillándose con lo que ve. Sigo pidiéndole deseos a las pestañas cuando se me caen.
Claro que he visto dioses durmiendo en mi cama. Pero incluso llamarlos dioses es reduccionista, soso, se queda abiertamente corto.
Nunca he sabido ver lo que tengo delante, siempre miro lo que hay más allá. No veo dioses. Veo una sonrisa capaz de alumbrar todas las soledades latentes de una ciudad sabiéndose bengala en una noche fría. Veo revolucionarios liderando un ejército de inconformistas derrotados. Veo el mar en los ojos de algunas personas, o un bosque, o la puta luna.
Veo héroes sacando niños de un infierno de llamas con los brazos más fuertes que ha visto esta tierra, capaces de defenderlo todo. Veo historias por escribir que harían temblar los cimientos de la biblioteca más grande del mundo.
¿Pero dioses? No. Yo no veo dioses.
Quizás es porque en su momento me nombraron "Melancolía", y "Esa ola que te moja los pies el primer día del verano" y "Verbena de invierno" y "Décimo Doctor que aún no conoces, pequeña".
Quizá todos querríamos con menos miedo si supiéramos que somos magia en los ojos de otro. Quizá no se lo hayan dicho a todo el mundo. Quizá sigue habiendo gente por ahí que no sabe que es invencible, que puede con todo. ¿O acaso no ha podido con todo hasta ahora?
Claro que la gente ama con miedo, y con por si acasos y con te lo dijes.
Que poco conscientes son las personas de las taras que dejan a su paso, que para ti es la tercera ruptura, pero para alguien es la primera punzada de dolor que le hace sentirse solo, pequeño, vulnerable. O dios... Prescindible.
Que poco responsable pasarnos la juventud deshojando corazones que no nos importan. Como si no le importaran a nadie. Como si no fueran a importarle nunca a nadie. Claro, luego se lo creen y... Alerta de mochila.
No sé muy bien como esquivé ese búnquer en el que la gente parece tener tantas ganas de esconderse. Nunca he tenido ganas de llevar cuidado. De preguntármelo todo dos veces, de dejar pasar el tiempo o de esperar. No me deja tiempo libre la curiosidad.
Estoy harta de oír decir que "A partir de cierta edad no te enamoras como antes", lo mismo eres gilipollas y eres tú quien no se abandona a alguien como antes.
Quizá me quitaron tan pronto el miedo que cuando lo vi venir me reí en su cara. Quizás aprendí tan rápido a ver la magia que ya nadie tuvo narices de hacerme retroceder.
Es eso lo que veo. Magia. ¿Pero dioses? No. Yo no veo dioses.
No hay comentarios:
Publicar un comentario