Soy esa clase de mujer que no es suficiente.
De esas que siempre son buenas amigas, grandes confidentes, dispuestas amantes, pero que no alcanzan la categoría de indispensables. Con el brillo adecuado
para alumbrar pero insuficiente para encandilar.
Suele faltarme una dósis de paciencia, un pestañeo oportuno, una carta sin mostrar.
Suele sobrarme una pregunta, una presencia, una
lágrima que cae sin avisar.
No me alcanzan los ojos grises para desafiar soledades, ni los brazos como elásticos dispuestos a abrazar.
Son pocos mis encantos y demasiadas las dudas que pongo a dormir en un
cajón.
Previsibles mis métodos, débil la red.
No
bastan ni mi esmero ni mis ganas, ni todas las palabras que pueda coser sobre
un renglón.
Soy de esas mujeres a las que, en cuestiones de amor, todo les cuesta el doble.
El doble de tiempo, el doble de paciencia, el doble de riesgo. Sin garantías, sólo siguiendo por instinto la flecha de salida que marca el
corazón.
Sin
la certeza de que el tiempo ablande, conmueva, enlace, acerque.
Tal vez sea una cuestión implícita en la felicidad, que a mayor sacrificio más
gloria.
Para poder viajar hay que soportar la claustrofia de un avión que se
desplace a diez mil metros del suelo. Para ganar dinero hay que trabajar más
que lo recomendable. Para hacer miel hay que tolerar las picaduras de las
abejas. Para estar delgada y saludable hay que privarse de la mejor comida.
Para saber, hay que estudiar. Para curarse, dejarse operar. Para ser madre, parir. Para llegar alto, subir.
Para enamorarse, esperar.
Para querer, sólo querer.
Ando atrapando mariposas con los dientes y
despegando algunos cardos de mis pies.
Ese es el mayor riesgo
del intento. No hay demasiado entonces para perder.

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