Hace unos días alguien me recordó "El día que te conocí hace ahora cinco años me di cuenta de que estabas triste. De que aunque sonrieras de oreja a oreja de alguna forma siempre estabas triste".
Tenía razón.
Lo asumí.
Esto es lo que hay. Lo que me queda. Lo que me puedo permitir.
Entonces me hizo una pregunta "Me estoy enamorando de alguien que me apasiona pero que tiene poco tiempo de vida. Tú sabes lo que es eso ¿Puedes prevenirme un poco? ¿Voy a estar siempre siempre triste después de esto?"
Se me llenaron los ojos de lágrimas al instante. Quise disuadirle, alejarle de aquello, contárselo todo, contarle todo lo que no le cuento nunca a nadie. Las pesadillas, los días difíciles porque sí, los recuerdos aleatorios, los olores que se confunden con el suyo, las canciones que no eres capaz de volver a escuchar, ese puto runrun que te acompaña como una broma macabra "Hoy es martes y él sigue muerto".
Me senté en un banco, porque me puse triste. Y entonces me di cuenta.
"¿Sabes qué? Creo que yo ya no estoy triste"
¿Cuándo pasó? No lo sé ¿Cuándo dejé de pensar en ti, cuando dejé de mirar a la luna pensando que era la luna la que me miraba a mí?
Creo que en algún punto del camino, este pasado año me cansé de esta duermevela de dolor y sueños rotos que era mi vida. No sé si fue mi psico que me apuntó en la dirección correcta, o Mateo que me recordó que yo era fuerte, o el Puerto que me repitió tantas veces que si me caía él estaría ahí, o mi madre que aprendió a decirme que me quería, o Elena que desde el principio me miró como a alguien a quien quieres y en quien confías y no me puedo permitir decepcionarla o la gente que a lo largo de este tiempo se ha acercado a mi porque de alguna manera les doy confianza y esperanzas y fuerzas.
O si ha sido un poco todo lo anterior.
Pero hoy me miraba en el espejo y sabía que sería un día difícil. Estoy empezando muchas cosas y me he levantado decepcionada con lo que estaba haciendo y sin ganas de nada.
Pero al mirarme me he reconocido. Por primera vez en mucho tiempo.
Y después de una mañana de desgana he vuelto a casa. A mi casa. Esta vez sí, esta vez es mi casa.
Y me he tomado una cerveza, porque me apetecía, he mimado a los gatos, he puesto música bonita, he bailado un rato, me he tumbado en la cama, Mateo me ha mandado un meme y he recordado que luego, cuando salga de clase, vuelve a casa.
Y entonces me he dado cuenta. De que me tuve que sentar en un banco porque me puse triste. Porque estoy empezando a acostumbrarme a estar feliz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario