lunes, 1 de marzo de 2021

Misa de requiem

 Si me muriera mañana, y quienes me conocen entraran en mi casa ¿Qué encontrarían? ¿A qué versión de mi recurrirían?

Si me muriera mañana, y la nostalgia, o la tierra removida del duelo les llevara hasta mi cama templada ¿Sabrían encontrarme entre las sábanas?

Probablemente buscarían perdidos en las estanterías, en los cajones, tras las cortinas, algún atisbo de esa magia que ya nunca encontrarían. Que ya se habría perdido con el viento que huye por la ventana y se dirige al mar. 

Abrirían las libretas, encontrarían dibujos inacabados, textos, colores. Recuerdos que pintaban una vida en verdes y violetas de acuarelas oscuras y viajes a témperas perdidas. Encontrarían mi camino a través de papeles pero no entenderían, no sabrían, que cada trazo fue afilado en mis heridas, que cada rostro, cada emoción, cada mirada retratada seguía siendo yo en cada curva de mis días. No sabrán que dibujaba el pelo largo cuando me sentía sola, ni que nunca borré un solo ojo a ninguna mujer. No podrán tocar la aspereza de las noches en que destilé mi arte en ginebra o cerveza o llanto.

No lo conocen.

Se marcharían sintiéndose tenues llevándose lápices y quizás algo de ropa, pero no me reconocerían en mi cuarto vacío.

No sabrían que lo llené de luces para recordar el camino de vuelta a casa. Que guardo siempre un poquito de hierba y chocolate, por si un día me siento demasiado triste. Que he escrito algo importante con todos y cada uno de los bolígrafos que hay en los botes de mi mesa. Que cuando estoy sola siempre miro por la ventana. Que estoy segura de haber escuchado las cuerdas de la guitarra todos y cada uno de los días. Que tengo dos velas apagadas que solo enciendo si estoy perdida. Que hay un mechero que nunca he perdido porque dentro tengo encerrada Madrid.

No habrá nada que les diga que me atreví a confiar en todas aquellas personas a las que quise. Que siempre prefería la luna. Que mi gran fantasía era follar detrás de un bombo. Que nunca me atreví a coger una mariposa con las manos. Que llevo toda la vida ahorrando secretamente para marcharme lejos. Que tengo un pintalabios con el que solo me pinto la piel y que cada una de las personas a las que quiero tiene un nombre diferente al suyo en mi cabeza.

E inevitablemente recuerdo a Tejerina cuando decía que amar a un desconocido es como rezarle a un Dios que no te mira.



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