- ¿Recuerdas cuando creíamos que éramos eternos?
-Yo aún lo siento
- No, quiero decir. Cuando lo sabíamos. O mejor, cuando no sabíamos. Cuando no sabíamos que el tiempo pasa, que las cosas se pierden, a veces para siempre. Cuando siempre había comida en la mesa, cuando el techo no dependía de tu trabajo ni del tiempo que invirtieras en hacer cosas que no te gustan tanto o que odias. Cuando para nosotros aún no había muerto nadie. Cuando bebíamos y fumábamos y nos metíamos de todo y nos íbamos a dormir y al día siguiente estábamos de una pieza. Cuando ninguno de nuestros actos parecía tener consecuencias.
-Sí, ya me acuerdo.
-Ya.
-Pero aún lo somos. Hemos pasado hambre, pero siempre hemos comido. El techo depende nosotros, pero de algún modo siempre tendremos un techo que nos acoja. Las cosas se pierden, a veces para siempre, la gente se muere. Pero ahora sabemos que siempre hay más. Siempre llega algo nuevo, la gente sigue naciendo, despertando, buscando, creciendo. Seguimos bebiendo, quizá no como antes, pero fumamos y nos metemos de todo, nos vamos a dormir y al día siguiente el cuerpo no es el mismo. Pero seguimos siendo nosotros. Más fuertes, más vivos, más sabios, y si hemos tenido suerte, a veces hasta más locos que el día anterior. Hemos aprendido que todo acto tiene consecuencias, nos hemos dado cuenta de lo fácil que nos resulta cagarla y volverla a cagar. Y tropezarnos, y volver a tropezar.
-Pues eso digo, que...
-Cállate. Es cierto que no somos eternos. Al menos no lo somos siempre. Pero ahora más que nunca, es cuando queremos serlo. Es cuando sabemos serlo.
Ahora más que nunca es cuando mejor respiramos al salir de trabajar, es cuando más valoramos el acurrucarnos con alguien en una cama, es cuando más fuerte nos reímos y bailamos cuando salimos de fiesta y es cuando más sabemos el valor que tienen las cosas y cuando mejor nos tratan nuestras consecuencias.
Porque ahora sabemos que la eternidad no la tenemos. La eternidad nos la ganamos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario