Cuando dices eso hueles a Madrid.
Hueles a frío en Lavapiés, a recorrer calles vivas llenas de arte, de rebeldía e historias. Hueles a birra con tapa, a tarde con guitarra y a pena con gloria.
Cuando dices eso hueles a Madrid.
Pero también me lo recuerdas cuando ríes. Tu risa se parece a Tribunal, a las noches sin amaneceres ni tiempo ni lágrimas. A ese puesto de pizzas que no cierra nunca. Tu risa se parece a no tener ganas de volver a casa, que tu casa es esta, la calle, dónde la vida se vive y nunca se deja pasar.
Sabes a Madrid cuando me besas. Tus besos son el Retiro en otoño. Leer un libro debajo de un árbol, o esos músicos que siempre están tocando delante del estanque. Son una exposición en el Palacio de Cristal, y un paseo alrededor del Ángel Caído cuando se termina la tarde y el viento aúlla. Son el sentirse arropado en un bosque en mitad de una ciudad que no da respiros. Son refugio.
Cuando dices eso hueles a Madrid.
A tu lado estoy bajando Montera y Fuencarral a primera hora de la mañana. Llego a Tirso a tiempo de desayunar lo que sea que lleve chocolate. Mucho chocolate. Y me pierdo en el Rastro al menos tres horas, o lo que dure la eternidad de tus abrazos. Lo que duren nuestras ganas de salirnos del camino para caminar.
Me traes Madrid a la cama cuando duermes. Me traes la Latina y la Plaza de la Cebada llena de música y de gente que baila mientras se busca. Me bajas al sótano de la Tabacalera y en tus suspiros puedo oír sus paredes susurrando la calma que ya nunca tengo.
Esa calma, ese caos, esa magia que se quedó en Madrid.
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