viernes, 25 de abril de 2014

Cartas desde el invierno 04



Me he dado cuenta de que estoy yendo por fases.
El día que supe que te morías a penas lo noté. Supongo que no quería hacerme a la idea, era más fácil fingir que no pasaba nada. A la mañana siguiente cuando ya no estabas sentí un vacío, es verdad. Pero era extrañamente pequeño, como si en el fondo nunca hubieras estado aquí, como si mi cuerpo me dijera “En realidad no te hacía tanta falta”.
Te echaba de menos, pero ni por asomo tanto como pensé que lo haría. Era fácil.
Ya no estabas aquí, me sentía sola sin nadie con quien hablar de cualquier cosa, sin nadie que me conociera como tú me conocías. Pero de alguna forma me sentía fuerte como para seguir adelante, sabía que podía hacerlo sola. Tú me enseñaste a hacerlo sola. Tú me enseñaste que si yo no tiraba de mí para seguir adelante nadie lo haría.  Y así lo hice, a pesar de todo.
Un mes después aún te echaba de menos. A veces tenía ganas de hablar contigo, me daban bajones y no tenía con quien compartirlos, no tenía alguien que supiera que decirme para hacerme sentir mejor, no tenía a nadie que me dijera “eh, has salido de cosas peores :)”. De repente me di cuenta. No te tenía. Nunca más te tendría. Todo se volvió real de la noche a la mañana. Recuerdo la ansiedad, la sensación de volver a estar completamente sola. Eras la única persona que conservaba después de todo. Me di cuenta de que habría sacrificado a cualquiera, habría preferido perder a cualquier otro antes que a ti. Me di cuenta de lo terriblemente importante que eras. Me di cuenta de que había perdido lo más importante que tenía en mi vida. Y me derrumbé, como creo que no lo había hecho nunca.

Creí que me volvería loca.
No, en serio. Creo que nunca he estado tan cerca de volverme loca en toda mi vida. Podía sentir como me inundaba un vacío tan inmenso que no podría terminarse nunca. ¿Cómo iba a terminarse?
Me cogí a la pared que tenía más cerca y me destrocé las uñas, ni lo noté. Nunca había gritado así. Nunca había sido mi cuerpo entero el que gritara. No podía pararlo, no podía dejar de bajar por ese agujero interminable.

Y entonces me sentí morir. No fue inmediato, pasaron unas dos horas. Pero lo sentí. No había nada. Algo se había roto.

Ese fue el momento en el que lo entendí. Era exactamente así. Algo se había roto, dentro de mí acababa de nacer un vacío que siempre iba a estar ahí.

Me levanté y seguí con mi vida. Como siempre. Como si nada hubiera pasado. Como si mis uñas, mi sangre y mi vida no acabaran de quedarse para siempre en un rincón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario