Los dos se fueron a dormir, cada uno en un lado de la cama, con las luces apagadas y los ojos cerrados. Y si les preguntáis por separado los dos jurarán que ninguno se movió de su sitio de la cama,
y puede que así fuera, puede que fuese el mundo el que se movió a su
alrededor, pero el caso es que cuando quisieron darse cuenta los dos ya
notaban el aliento del otro en su cara, un aliento que olía a deseo y
que cada vez estaba más cerca, tan cerca que sus narices se rozaron y
tan sólo con ese roce sus pieles se erizaron y un pequeño suspiro se
escapó de sus bocas, bocas que irremediablemente se juntaron y se
fundieron en un beso con ansia, un beso con ganas, con muchas ganas. Y a
partir de ese momento sí que os puedo asegurar que el mundo se movió y
que la habitación giró y giró, que las paredes se desgarraron y que la
cama dio la vuelta, que sus ganas fueron hechos y sus intenciones
libres, que el protagonista fue el deseo y sus respiraciones un dueto, y que como estaba predestinado a ser, dejaron de ser sólo conocidos.

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