Pido perdón por no poder con todo. Pido perdón por quejarme de que me lo pidas todo. Por prometerte que iba a hacerlo todo.
Pido
perdón por no desearte, aunque tú me desees. Por no desearte siempre
que tú me deseas. Pido perdón por desearte. Sobre todo si tú no me
deseas.
Pido
perdón por cuidarte. Porque te he cobrado en chantajes y demandas las
horas y atenciones dedicadas. Pido perdón por no cuidarte lo suficiente.
Por haber pensado algún día en mí misma, por haberme centrado alguna
vez en mí misma, por haberme visto de vez en cuando a mí misma...
Pido
perdón por no ser como las que te gustan. Pido perdón porque -a veces-
me gustaría ser como las que te gustan. Pido perdón por el tiempo, el
dinero y el miedo invertidos en fracasar tratando de ser como las que te
gustan.
Pido
perdón por trabajar por dinero. Pido perdón por no ganar suficiente
dinero, por ganar más dinero que tú, por no atreverme a pedir lo que me
gano, por querer ganar lo que me merezco.
Pido
perdón por no ser el remanso de paz que buscas al salir del metro. Pido
perdón por no ser la aventura que buscas al salir del pueblo. Pido
perdón por buscar la seguridad. Pido perdón por buscar la emoción de la
incertidumbre. Por no ser ni tu paz, ni tu aventura, ni tu seguridad, ni
tu emoción, ni tu incertidumbre.
Pido perdón por no ser ni mi paz, ni mi aventura, ni mi seguridad, ni mi emoción, ni mi incertidumbre.
Pido perdón por pedir, todo el tiempo, perdón.
Así,
se me van acabando los perdones por pedir. Sólo me quedan perdones para
dar. Por pedírmelo todo, por manejar mi deseo, por esperar que os
cuide, por obligarme a que os guste, por espantarme el dinero, por
imponerme la paz y -a la vez- el meneo...
Pero nadie me los pide.
Sólo
tengo un perdón cubierto. El mío. El perdón que me debo. Por ser como
soy, por empezar a creérmelo, por no pretender entenderlo, por no querer
lo que no puedo, por poder lo que quiero.
Vamos, que me perdono todo lo que puedo. Y hasta lo que no puedo.
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