Podría jurar que ni siquiera recuerdo como empezó. Lo
primero que me viene a la cabeza son mis uñas arañando tu espalda relamiéndose
de placer. Mis manos agarrándose a las sábanas y tus manos… En todas partes,
buscándome una y otra y otra vez, incansables.
No recuerdo como acabamos en el suelo, ni en la cama, ni
agarrándonos a las paredes. Como si estuviéramos bailando, recuerdo las
vueltas, los movimientos, casi rítmicos, casi perfectos.
Sí recuerdo contener el aliento sin quererlo, quedarme sin
aire en el pecho, incapaz de respirar, de sentir nada más que no fueras tú.
Perdiendo la fuerza de mis piernas, de mis brazos, de todo mi ser. Recuerdo la
sonrisa que se nos escapó a los dos cuando eso pasó.
Recuerdo la habitación, girando a nuestro alrededor, siendo
testigo de todo lo que hacíamos, de todo lo que nos dijimos, de lo que
gritamos. De cada gota de placer que resbaló por nuestros cuerpos.
Recuerdo el olor a sexo que quedó en la habitación, que
seguramente sigue ahí. Recuerdo nuestros ojos entrecerrados, nuestras piernas
enredadas, las respiraciones entrecortadas, la luz tenue de la mañana y las
sábanas esparcidas por toda la habitación.
Claro que en ese momento no era consciente de todo eso. En
aquel momento no había más mundo que nosotros dos. Podrían haber estallado
guerras, podría caer el sol sobre nuestras cabezas y habríamos seguido
fundiéndonos el uno con el otro, una y otra vez, hasta que no quedase mundo.
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