martes, 9 de septiembre de 2014

10/09/2014




Podría jurar que ni siquiera recuerdo como empezó. Lo primero que me viene a la cabeza son mis uñas arañando tu espalda relamiéndose de placer. Mis manos agarrándose a las sábanas y tus manos… En todas partes, buscándome una y otra y otra vez, incansables.
No recuerdo como acabamos en el suelo, ni en la cama, ni agarrándonos a las paredes. Como si estuviéramos bailando, recuerdo las vueltas, los movimientos, casi rítmicos, casi perfectos.
Sí recuerdo contener el aliento sin quererlo, quedarme sin aire en el pecho, incapaz de respirar, de sentir nada más que no fueras tú. Perdiendo la fuerza de mis piernas, de mis brazos, de todo mi ser. Recuerdo la sonrisa que se nos escapó a los dos cuando eso pasó.
Recuerdo la habitación, girando a nuestro alrededor, siendo testigo de todo lo que hacíamos, de todo lo que nos dijimos, de lo que gritamos. De cada gota de placer que resbaló por nuestros cuerpos.
Recuerdo el olor a sexo que quedó en la habitación, que seguramente sigue ahí. Recuerdo nuestros ojos entrecerrados, nuestras piernas enredadas, las respiraciones entrecortadas, la luz tenue de la mañana y las sábanas esparcidas por toda la habitación.

Claro que en ese momento no era consciente de todo eso. En aquel momento no había más mundo que nosotros dos. Podrían haber estallado guerras, podría caer el sol sobre nuestras cabezas y habríamos seguido fundiéndonos el uno con el otro, una y otra vez, hasta que no quedase mundo.



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